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sábado, 28 de enero de 2017

Carta 42 a Quijote

28 - Enero - 2017
Estimado Quijote:
El cautivo os contó las penurias que pasaron en su viaje por mar hasta llegar a España y que cuando estuvieron al fin libres, en Málaga, se despidieron para seguir cada cual su camino. El y Zoraida pusieron rumbo hacia la tierra de él, para ver si su padre todavía vivía y para saber que fue de sus hermanos. Pues ya nos contará lo que sucedió...

Por mi parte hoy, querido Quijote, quiero hablarte sobre un tema que me pidió un lector del blog: "Por favor, quiero una carta a Quijote sobre los problemas de lectura de estudiantes", me dijo. Mira, Quijote, yo he tenido otros problemas en la vida, pero no el de la lectura, pues me apasiona leer, aunque también tengo que decirte que si un libro no me entra desde el principio lo abandono enseguida. El único libro que me he leído entero y que me ha robado el corazón, aún habiendo sido al principio una auténtica tortura para mi  -como ya te conté en cartas anteriores- fue tu historia. Ya sabes que leerme el Quijote fue un reto para mi y que me lo leí porque fue un regalo de mi padre, que en paz descanse.


Hay personas a las que no les gusta leer y lo entiendo, como también hay personas que detestan hacer deporte, por ejemplo, y también lo entiendo. A cada cual le gusta lo que le gusta, aunque es cierto que los que leemos no entenderíamos la vida sin esos libros que dan color a nuestros días. Y nos gustaría contagiar ese arcoíris que sentimos en nuestro corazón, al leer, a los que les da grima abrir un libro, pero ¿cómo hacerlo? esa es la pregunta del millón. Aunque la respuesta a esa pregunta no la tengo yo, querido Quijote. ya me gustaría tenerla.

Supongo que lo importante es que cada cual sea él mismo y que al menos no pierda la curiosidad por aprender, por conocer, por ver, por construir, por crear.., pues es esa curiosidad  la que nos permite sentirnos vivos de verdad. 


Hasta pronto, mi caballero.

Un abrazo

*Odette*


                                                                     Cap. 41

...Cuando estuvo todo listo - yo fui en busca de Zoraida,
la cual me pareció al verla - una auténtica deidad,
venida a la tierra para - mi auxilio y mi agrado.
Le besé la mano como - en señal de dar las gracias
por darme la libertad - y luego, al ir a marcharnos,
tuvimos la mala suerte - de que su padre asomara
por la ventana y nos viera, - y comenzara a gritar.
Viendo el peligro en que estábamos - decidí ir a por su padre,
trayéndole con nosotros, - con las manos bien atadas
y un pañizuelo en la boca. - Con él fuimos a la barca
junto a todos los demás - y empezamos a remar,
mientras que Zoraida, triste, - cubrióse los ojos para
no ver a su padre atado. - A las dos horas pasadas
se le quitó la atadura, - al tiempo que le advirtieron
que no hablase palabra- si no quería acabar
en el fondo de aquel mar, - y el hombre no dijo nada
pero su hija pidió - que le diesen liberad
si no querían ver cómo - se arrojaba ella al mar.
Prometiron a Zoraida - dejarlo libre en llegar
a la más cercana tierra - que pareciera cristiana
para que así su padre - no pudiera delataros,
y así Zoraida quedó - más o menos contentada.
Quiso nuestra buena suerte - llevarnos a una cala
en donde dejamos libre - al padre de la muchacha,
mientras que él a ella gritaba: - "¿Dónde vas, ciega Zoraida,
en poder de estos perros - que te aconsejaron mal
y que son tus enemigos? - ¿dónde vas, muchacha infame?
¡Oh, moza desatinada!". - Comenzamos a remar
y al cabo de un largo rato - aún pudimos escuchar:
"¡Vuelve, amada hija, vuelve, - que te voy a perdonar!
¡vuelve, hija, a consolar - a tu triste y pobre padre
que en esta desierta arena - la vida abandonará
si le abandonas tú a él". - Llorando escuchó Zoraida
a su padre, y suplicóle: - "¡No me juzques de ser mala
tan solo por ser cristiana - y pide, padre, a Alá
que Lela Marién te de - consuelo en tu pesar;
Marién te ayudará - puesto que ella fue la causa
de que yo sea cristiana!". - Pero ya, cuando Zoraida
esto dijo, no se oía - ni se veía su padre.
Seguimos remando y vimos - que a nosotros se acercaba
un bajel que de repente - nos comenzó a disparar,
dando una de las balas - en mitad de nuestra barca,
de modo que la abrió toda - y se comenzó a inundar.
Rogamos a los corsarios - franceses de aquel barco
que vinieran a salvarnos - y ellos, sin vacilar,
nos vinieron a auxiliar, - nos subieron a su barco,
nos robaron y después - de darnos comida y agua,
nos echaron con su esquife - otra vez de nuevo al mar.
Sin mirar a otro norte - que a la tierra de España
que se nos mostró delante - comenzamos a bogar
y nos dimos tanta priesa, - que al poco tiempo llegamos
por fin a tierra cristiana. - A Dios le dimos las gracias
llorando, luego besamos - el suelo de nuestra España
y, después de caminar - esperando hallar la
caballería costera, - vimos que se acercaban
unos treinta caballeros. - "¡Al cielo y a Dios, mil gracias,
por habernos conducido - a esta tan buena parte!,
puesto que si no me engaño - esta tierra que pisamos
es la misma Vélez Málaga, - si ya los años pasados
de cautivo no han borrado - de la memoria acordarme
de vos, tío Bustamante", - dijo un cautivo cristiano
de los nuestros cuando vio - a un jinete acercarse.
"¡Oh, sobrino de mi alma, - que por muerto ya te daba,
qué ilusión verte de nuevo!", - dijo el jinete abrazando
a su querido sobrino, - que aceptó ser invitado
junto a todos los demás - a ir hacia la ciudad.
Lo primero que hicimos - al llegar a Vélez Málaga
fue ir hacia la iglesia - para a Dios darle gracias
por la merced recibida, - y tras una breve estancia
en el pueblo, decidimos - que debía cada cuál
proseguir su caminar. - Yo decidí, con Zoraida,
caminar hacia mi tierra - por ver si aún mi padre
vivía, o si mis hermanos - no fueron tan desgraciados
como yo lo fui en Argel, - y ahora vamos hacia allá",
díjoles para acabar - el cautivo a los demás.




viernes, 9 de septiembre de 2016

Carta 41 a Quijote

09 - Septiembre - 2016
Estimado Quijote:
Os contó el cautivo que pasó de estar preso en aquella galera a estarlo en tierra firme, en la prisión de Argel. Y que salió de allí gracias a la mujer que pagó su rescate; que es la mujer con la que está ahora en la venta.

A parte de en la guerra, en donde a uno le apresan cuando cae en el bando enemigo, se supone que el resto de la gente que va a parar a la cárcel es porque ha cometido algún delito ¿no? pues no, querido Quijote, no siempre es así; a Santi  -de quien ya te hablé en la carta 35-, le metieron en la cárcel injustamente  -durante diez meses- y sin un sólo día de permiso.


Cuando Santi me explicó lo que le había ocurrido no podía creerlo, pues lo suyo era de locos, para tirarse de los pelos hasta quedarse calvo, en serio, pero al final he logrado entender el porqué de su encarcelamiento y os lo contaré.

Resulta que una mujer se obsesionó con él, le acosó hasta la hartura y le advirtió: "Si no te casas conmigo te meteré en la cárcel", y así fue.  La mujer le puso una denuncia falsa de malos tratos y a Santi no le permitieron demostrar su inocencia. Le metieron en el calabozo inmediatamente -sin ninguna orden de detención-, le hicieron luego un juicio rápido y salió de ese juicio con una orden de alejamiento hacia esa mujer, y ahí empezó su calvario ¿Por qué? pues porque la policía, en lugar de ayudarle a quitarse a esa mujer de encima, lo que hacía era seguirla a ella -que seguía acosando a Santi a la par que seguía poniéndole más denuncias falsas de malos tratos- y entonces le apresaban a él por incumplir la ley de alejamiento y le metían de nuevo en el calabozo. Sí, así de surrealista fue todo.

Al final metieron a Santi en la cárcel para que cumpliera los diez meses de pena que le cayeron en el primer juicio y luego, al salir, se demostró que era inocente. Yo no entendía como la policía y la justicia podían ser tan ineptas hasta que logré dar con la respuesta. Resulta que todo viene de la Ley de Violencia de Genero que hicieron el sr. Zapatero y su gobierno en el año 2004, en la que para proteger a la mujer eliminaron la presunción de inocencia del hombre. Y eso significa que si una mujer acusa a un hombre de maltratador, ese hombre es llevado a la cárcel, sin más, y eso es injusto, pues hasta un asesino tiene presunción de inocencia.

Ya era hora que se hiciera una ley que protegiera a la mujer, hasta ahí estoy de acuerdo, por supuesto, pero para nada apoyo esa caza de brujas que se está llevando a cabo contra el hombre, así que le pido desde aquí a quien  deba modificar esa ley que lo haga, y que sobretodo pida disculpas  e indemnice a todos esos hombres que han sido víctimas de la L.I.V.G. Algunos, como Santi, lo han podido contar -a pesar de las secuelas que le han quedado, como una epilepsia crónica-, otros están cumpliendo pena en la cárcel injustamente y también hay los que por no poder soportar la presión de tanta injusticia y crueldad murieron de pena, y los que se quitaron la vida. Por respeto a esos hombres que ya no están y a los que están sufriendo todavía, pido, por favor, justicia, y pido, por favor, una ley de igualdad en la violencia de genero para la mujer y para el hombre, pues yo no quiero que muera ninguna mujer, pero tampoco quiero que muera ningún hombre.


En fin, mi caballero, espero que los políticos hagan algo al respecto, aunque poca fe tengo ya en ellos viendo que no son capaces ni de hacer su trabajo, que es formar un gobierno, y que en lugar de ello se pasan el día criticándose unos a otros, como niños.

P.D. Querido Quijote, tardaré unos meses -dos o tres, espero que no más- en volver a escribirte, pues como te dije ando liada en algo, que es la escritura de otro libro. En esta ocasión se trata de una novela que está basada en hechos reales, en lo que le ocurrió a Santi. Disculpad, estimados lectores, las molestias. Pronto volveré con vosotr@s.

Un abrazo

*Odette*

Cap. 40

...Don Fernando recitó - los sonetos y después
el cautivo prosiguió - relatando a los presentes
su cuento, diciendo así: - "Cuando al cabo de unos meses
murió mi amo, Uchalí, - que fue un hombre de bien
y me trató humanamente, - fui después preso en Argel
por Azán Agá, que era - un tipo de lo más cruel.
Sobre el patio de la cárcel - en la cual estuve preso
había un par de ventanas, - que más que ventanas eran
ordinarios agujeros, - y un día, haciendo pruebas
de saltar con las cadenas - por entretener el tiempo,
alcé los ojos y vi - que por una de aquellas
ventanas aparecía - una caña con un lienzo.
Al ponerme yo debajo - la caña cayó a mis pies
y al abrir el lienzo hallé - en él unas diez monedas,
de las que usan los moros. - A la par del gran contento
que tuve al ver el dinero, - admirado me quedé
pensando quien era aquél - que me hacía tal merced
y, entonces, en señal - de mi agradecimiento,
doblé el cuerpo poniendo - los brazos sobre el pecho
e incliné la cabeza, - haciendo así las zalemas
que hacen los moros. Después - vi una mano de mujer,
que de allí a poco sacó - por el agujero mesmo
una cruz hecha de cañas, - que luego volvió a esconder;
señal que me confirmó - que aquella mujer era
una cristiana cautiva. - No vi más a la mujer
hasta que a los quince días - sacó la caña otra vez
e igual que la vez primera, - la dejó caer de nuevo.
Como hice la otra vez, - desaté el nudo del lienzo
y tomé el dinero que iba - junto a un doblado papel,
que estaba escrito en arábigo; - de nuevo hice las zalemas
y, al ver la blanca mano - de la mujer, hice señas
que leería el pliego. - Entre confuso y alegre,
por todo lo sucedido, - busqué a alguien que leyere
el arábigo papel, - que decía exactamente
lo que ahora os diré: - "Cuando yo era pequeña
tuvo mi padre una esclava - que me enseñó en mi lengua
la oración cristianesca - y algo de Lela Marién,
que es la Virgen María. - Y al fallecer la mujer,
me apareció y me pidió - que a tierra cristiana fuera
a ver a Lela Marién, - pero no hallé al caballero
que pudiera allí llevarme, - hasta que le vi a usted;
soy una muchacha hermosa - y tengo todo el dinero
que podría ayudarnos - a escaparnos de Argel
y, luego, si usted lo anhela, - prometo ser su mujer,
y si no es lo que desea, - me quedaré con Marién,
que sé que me quiere bien". - Tan alegre me quedé
al escuchar las razones - que me dijo la mujer,
que le pedí a mi amigo - que escribiera en un papel
mi respuesta a la mora, - y así se la dicté:
"Que Alá te guarde, señora, - y que Alá guarde también
 a Marién, madre de Dios. - A Marién, que bien te quiere,
debes de rogarle que - te muestre y te de a entender
cómo llegar a su tierra, - que como es Marién mujer
muy buena, así lo hará. - De mi parte yo te ofrezco
hacer por ti lo que pueda, - aunque me llegue la muerte,
y además deso también, - te prometo que en tierra
de Lela Marién serás - para siempre mi mujer,
querida señora mía". - Con ilusión dejé ver
la nota, dando a entender - que a la caña le pusiese
un hilo para así - poder atar el papel;
puso el hilo, até el pliego - y después, mandó, mi estrella,
más de cincuenta escudos - y un montón de monedas,
que aumentaron en mí - la esperanza y el contento
de alcanzar la libertad. - Por mi amigo supe, luego,
que aquella mora era - hija y única heredera
de la fortuna de un moro - muy rico por todo extremo,
y también supe de ella - que era una mujer tan bella
que muchos de los virreyes - que veían su belleza
la pedían por mujer, - aunque nunca aceptó ella.
Como no hay dos sin tres, - pareció el lienzo de nuevo
con cien escudos de oro, - y otro arábigo papel,
en el que pude leer: - "Por la ventana os daré
muchos dineros de oro - para que con él paguéis
vuestro rescate y también - el de los amigos vuestros.
Luego podría ir uno - hacia tierra cristianesca
y comprar allá una barca, - para con ella volver
en busca de los demás. - Cuando salvados estéis,
id al jardín de mi padre - que allí esperando estaré
a que vengáis a buscarme - y, mientras, mi caballero,
que el buen Alá te guarde". - Todos queríamos ser
primeros en ir a España - pero, como la experiencia
de uno de mis amigos - le había mostrado que
muy mal cumplían los libres - las palabras y promesas
dadas en el cautiverio - (porque el temor a perder
la libertad alcanzada - les hacía no volver
y borrar de su memoria - lo que antes prometieron),
cambiamos algo los planes. - El que tradujo las letras,
que era un renegado, amigo,  - y quien vivió esa experiencia,
nos dijo que mejor era - comprar la barca  en Argel
por él mismo, y así fue. - Zoraida mandó el dinero
para pagar los rescates - y acordamos, después,
con ella, que el primer "juma", - que es el viernes, estuviese
lista para embarcar, - y justo el día antes
fuimos todos rescatados - por el mismo mercader...


viernes, 24 de junio de 2016

Carta 40 a Quijote

24 - Junio - 2016
Estimado Quijote:
El nuevo huésped de la venta  -ese tipo leonés vestido de moro-  os contó su historia y resulta que veintidós años atrás su padre les dio a escoger  -a él y a sus dos hermanos- entre las tres siguientes profesiones: servir a Dios  -en la iglesia-, dedicarse al comercio, o servir al rey  -en la guerra-. El escogió éste último camino, pero tuvo la mala suerte de caer prisionero de Uchalí  -rey de Argel-, que le llevó a bogar a su galera.


Mira, querido Quijote, que cada cual sirva a quien quiera, eso está claro, pero yo ni "harta vino" iría a servir al rey, que él a mí no me ayuda a llegar a fin de mes, ni me ayuda a nada. Y ya nos contará ese pobre hombre si le ayudó su rey a él a salir de aquella galera. y por lo que hace al tema de servir a Dios, te contaré lo que le ocurrió a mi abuelo materno: Tomás Serra Picas, por no querer seguir el camino que le propuso su padre, el de servir a Dios.

Mi abuelo Tomás, en lugar de hacerse cura, decidió casarse con quien luego sería mi abuela: Miguela Garre  -una guapísima y elegante mujer, hija de un oficial de la guardia civil-  y por ello José María Serra, el padre de mi abuelo Tomás -un prestigioso pintor y escultor catalán de principios del s. XX- le desheredó y le cerró todas las puertas aquí. Entonces, mis abuelos maternos, junto a su primera hija  -Carmen-, que nació en Barcelona y era entonces una niña, empezaron un largo periplo en busca de trabajo por todo el país, coincidiendo con los duros años de la Guerra Civil.


Una vez terminada la guerra, un primo de mi abuelo Tomás  -que era jesuíta-  le encontró un trabajo en Caracas y se fue para allá. Marchó solo,  pues mi abuela  -con los cuatro hijos que tenían entonces- no se atrevió a cruzar el charco, pero gracias al dinero que él les fue mandando desde allí lograron vivir sin estrecheces.

Mi abuelo Tomás era un hombre de letras  -fue maestro y traductor de libros, y sabía hasta el esperanto-  y allí, en Caracas, fue crítico de cine y también trabajó como asesor del presidente que había entonces allí  -el Sr.Caldera- , ayudándole a preparar sus discursos. Vino a España en contadas ocasiones y yo sólo le vi una vez. Tendría yo entonces unos ocho años aproximadamente y le recuerdo alto, muy alto, y serio, muy serio; ahora pienso que quizás más que serio estaría triste, no sé. Lo que sí sé es que me habría encantado tenerle cerca de mi, primero porque era mi abuelo y después porque él es la única persona de letras que hay en mi familia y habría aprendido tanto de él...


Querido Quijote, por razones familiares que ya te contaré un día al oído, no he podido acceder al legado literario de mi abuelo  -que murió en Caracas cuando yo era una niña-, y por eso hoy, desde aquí, quiero pedir algo muy especial: si alguien supo de él, le leyó, trabajó con él, fue su amigo, o simplemente le conoció, que me lo diga, por favor, me haría muuuy feliz. Y  ojalá, mi caballero, que pronto, muy pronto, pueda contarte más cosas acerca de él.

P.D. Te mando dos cartas de golpe porque hasta agosto o septiembre no podré escribirte, pues ando bastante liada en algo que te contaré en breve...

Un abrazo

*Odette*

Cap. 39

"...Nací en León y fue - mi padre un gastador
y un liberal por haber - sido soldado de mozo,
que en la escuela soldadesca - el franco se hace pródigo
y el mezquino se hace franco. - Esta mala condición
no le fue de buen provecho - y un día nos llamó
a sus tres hijos a solas - y nos dijo éstas razones
que os diré a continuación: - "Quiero deciros que no 
conservo bien vuestra hacienda - y como vosotros sóis
lo que más quiero en el mundo, - he decidido una cosa:
como ya estáis en edad - de elegir profesión
lo que he pensado es - hacer de mi herencia cortes,
que van a ser cuatro partes, - las tres que os daré a vosotros
y la cuarta que será - para sustentarme yo
en los días que me queden. - Pero os pido un favor,
y es que cuando tengáis - el dinero que os toca,
sigáis luego un camino - de los que os diré ahora.
Casa real, mar, o iglesia, - son las mejores opciones
para valer y ser rico - y lo que deseo yo
es que uno siga las letras, - la mercancía, el otro, 
y que alguno sirva al rey - en la guerra, porque no
es fácil ir a servirle - en su lujosa mansión,
y la guerra no enriquece - pero da fama y valor".
Tras escuchar a mi padre - cada uno decidió:
yo opté por ir a la guerra - y servir al rey y a Dios,
el menor siguió las letras - y el mediano decidió
viajar hacia las Indias. - Después de venderlo todo,
mi padre nos abrazó, - nos echó su bendición
y, entre lágrimas de todos,  - de los tres se despidió.
Ahora hace veintidós años - que me marché de León
y en todo aqueste tiempo - no sé lo que le ocurrió
a mi estimada familia, - pero lo que a un servidor
le ocurrió fue lo siguiente: - de un capitán famoso
alcancé a ser alférez - y en cuanto hubo ocasión
también capitán fui yo. - Papa Pío Quinto unió
a Venecia con España - en la liga que luchó
contra el Turco, que era el gran - enemigo de los dos,
y al enterarme que era - el general de la unión
Don Juan de Austria, hermano del - rey de aqueste servidor,
decidí luchar con él - y servir a  mi señor.
Para la criastiandad fue - aquel día muy dichoso,
pues se desengañó el mundo - del grandísimo error
en que estaba al creer - a todos los turcos como
los seguros ganadores, - pero entre tanta gloria
yo tuve la mala suerte - de caer aquella noche
prisionero de Uchalí, - rey de Argel, que me llevó
a bogar a su galera. - Entre otros también cayó
Don Pedro de Aguilar, - soldado, poeta y hombre
singular, que hizo allí - dos sonetos que ahora
os los voy a recitar - por saberlos de memoria,
y por el gusto que dan". - Cuando el cautivó nombró
a Don Pedro de Aguilar, - Don Fernando miró a todos
y le preguntó al cautivo: - "¿Qué se hizo de ese hombre?",
a lo que él le respondió: - "A los dos años huyó,
pero no sé a ciencia cierta - si la libertad logró".
"La logró, dijo Fernando, - pues mi hermano vive ahora
dichoso junto a sus hijos - y junto a su bella esposa".
"Pues me alegro por Don Pedro, - que no hay contento mayor
que el de volver a ser libre - después de estar en prisión",
aseguróle el cautivo. - Y, entre tanta emoción
Fernando dijo al cautivo - que él también en su memoria
recordaba los sonetos - que su hermano escribió,
por lo que el cautivo dijo - que siendo así era mejor
que los recitara él. - A lo que éste asintió
y, con visible emoción, - los sonetos recitó...

Carta 39 a Quijote

24 - Junio - 2016
Estimado Quijote:
Mientras todos cenaban en compañía de los últimos pasajeros llegados a la venta -un hombre (cristiano, venido de tierra de moros) y una mujer (vestida de mora)-, tú les deleitaste con un interesante discurso sobre las armas y las letras.

Te lamentas, en ese discurso, del cobarde brazo que mata  -mediante el estaño y la pólvora-  al audaz caballero en mitad de su coraje. Aaayyy, querido Quijote, si vieras las armas con las que se mata ahora se te pondrían los pelos de punta, te lo aseguro. ¿Sábes?, hay ahora armas tan potentes  -llamadas de destrucción masiva-, que con que un sólo brazo pulsara un botón saldríamos todos volando en un instante y el planeta tierra quedaría reducido a infinitas motas de polvo.


De hecho, ya se han utilizado estas armas de las que te hablo. En 1945 -durante la 2ª Guerra Mundial-, EEUU lanzó la primera bomba atómica -sobre Japón, concretamente sobre Hiroshima y Nagasaki-  y murieron 260.000 personas, a parte de las muchísimas personas que quedaron afectadas de radiación. Al parecer Alemania se estaba preparando para lanzar  ese tipo de bomba, pero Einstein -físico alemán- advirtió a EEUU de ello y los americanos se avanzaron. "Condeno totalmente el recurso de la bomba atómica contra Japón, pero no pude hacer nada para remediarlo", se lamentaría más tarde Einstein.


Los científicos se devanan los sesos investigando para que se avance en medicina y en otros campos mientras que esos brazos cobardes, esos gallinas, utilizan los resultados de tanto esfuerzo e ilusión a su antojo. Así es la vida, mi caballero, así es de absurda.

Un abrazo

*Odette*

Cap. 38

"...más pobre que el estudiante - es el soldado, que está
atenido a la miseria - de su irrisoria paga
si es que la llega a cobrar - y al tener que robar
se halla en constante peligro - de la muerte encontrar.
Encima de todo eso, - como premio a su grado,
le pondrán en la cabeza - una borla al mutilado
y, cuando esto no  suceda - porque se conserve sano,
seguirá en la pobreza - en la que ya estaba antes.
Si habéis mirado en ello, - son más pocos los premiados
que los muertos en la guerra. - Y dejando esto a parte,
que es madeja enmarañada, - volvamos a lo de antes,
con las armas y las letras. - Dice el letrado al soldado
que es imposible, sin letras, - que se sustenten las armas,
porque hay leyes en la guerra - y a ellas sujeta está;
a esto responden las armas - que las leyes no podrán
sustentarse sin las armas, - porque con aquestas armas
se defienden las repúblicas, - se protegen las ciudades,
se aseguran los caminos - y se despejan los mares.
Y además de todo eso - hay algo que señalar
entre soldados y letras: - le cuesta mucho al letrado
llegar a ser eminente, - tiempo, vigílias y hambre
y otras cosas adherentes - a éstas, pero al soldado
le cuesta lo que al letrado - en tanto y mayor grado,
sin tener comparación, - pues a pique está el soldado
de morir a cada paso. - ¿Y no es de estimar más
éste riesgo del soldado - que el esfuerzo del letrado,
que nada tiene que ver - ni se puede comparar
con el riesgo de morir - a cada paso que da
el atrevido soldado? - A mí me pesa en el alma
haber decidido ser - un caballero andante,
que en esta edad detestable - me da miedo el pensar
que el estaño y la pólvora - la vida me han de quitar
la ocasión de ser famoso - por el valor de mi brazo
y los filos de mi espada. - ¡Benditos aquellos años
que carecieron de aquesta - artillería espantable,
diabólica invención - con la que un cobarde brazo
mata al audaz caballero, - en mitad de su coraje!
Y así acabó Don Quijote - con el extenso preámbulo,
en tanto que los demás - se entretenían cenando;
quedándose, los oyentes, - un tanto alucinados
de escuchar tanta elocuencia - en hombre tan alocado.
Al terminar de cenar, - los manteles levantaros
y Don Fernando rogó - al cautivo les contase
el discurso de su vida, - a lo que, de buena gana
y sin hacerse de rogar, - éste comenzó a contar...

domingo, 15 de mayo de 2016

Carta 38 a Quijote


16 - Mayo - 2016
Estimado Quijote:
Te lo dije yo y también te lo dijo tu escudero: te están engañando. Dorotea no es princesa de ningún reino; todo eso es sólo una farsa ideada por el cura para llevarte de vuelta a tu pueblo, y allá tú si te empeñas en creerles, nosotros ya te hemos advertido.

Un día tú tomaste la decisión de ser caballero andante porque así lo sentiste en tu corazón, y a pesar de que no es un camino fácil  -pocos lo son-  ese es el que tú decidiste seguir, y los demás -les guste o no- deben de respetarlo. ¿Recuerdas ese momento? ¿el momento en el que despertó en tí esa vocación? Seguro que sí, ese momento no se olvida. ¿Sábes?, yo recuerdo perfectamente el momento en el que decidí ser escritora y también recuerdo, por supuesto, a la persona que despertó en mí esa vocación, que fue Quilo Martinez.  Quilo  -periodista y poeta chileno que estaba exiliado aquí en España- fue  mi tutor de clase cuando repetí curso (1ºBUP)  en otra escuela de Terrassa (L'Escola Pía) y fue también mi profesor de periodismo -asignatura optativa que decidí escoger aquél año para probar-.


Te aseguro, querido Quijote, que aquellas clases de periodismo fueron determinantes para mí, pues en ellas  -gracias a Quilo, que enseñaba con gran pasión y entusiasmo y no como un robot, como muchos profes-  se despertó en mi la pasión por la escritura. Yo venía de una escuela de monjas en la que había sido siempre un cero a la izquierda para mis profes  -y ellos para mi- y me emocionó ver cómo por primera vez un profesor me trataba con respeto, humildad, y con gran sabiduría. El me animó a escribir  para la revista de la escuela: ¿Qué escribo?, le dije yo, algo asustada. "Lo que quieras: una entrevista, un artículo de opinión, una poesía..., lo que te apetezca". Repasaba mil veces lo que había escrito antes de llevárselo a su despacho y me iba corriendo antes de que me pudiera decir: "Pero, Maite, qué tontería has escrito", cosa que nunca me dijo, por supuesto, sino todo lo contrario, que siempre me animó a seguir adelante.

No estudié periodismo como Quilo me sugirió porque odio estudiar, pero lo que sí sigo a rajatabla desde entonces es el consejo que me dio cuando gané  -aquél mismo curso-  mi primer certamen literario: "Escribe siempre para tí", me dijo; siempre agradeceré su sabio consejo y por supuesto el que hubiera confiado en mí.


No dejes que te aparten de tu ilusión de ser caballero andante, mi caballero, no lo permitas, por favor.


Un abrazo

*Odette*

                                                                     Cap.37

Los que estaban en la venta - mostrábanse todos contentos
salvo el afligido Sancho, - que le dijo, con tristeza,
a Quijote, ya despierto. - "Bien puede vuestra merced
dormir todo lo que quiera, - que ya no hay ni princesa
ni gigante que matar, - y hágole también saber
que la sangre que usted vio - al tajarle la cabeza
al gigante no era sangre, - sino que se inundó el suelo
del vino tinto que había - en el vientre de los cueros
que con su espada horadó". - Quijote, al oír aquello, 
díjole a su escudero: - "No me extraña nada deso
que me cuentas porque sabes - que está encantada ésta venta
y ahora, Sancho, acércate, - dame de vestir y deja
que salga allá afuera, - que quiero ver los sucesos
que tan apenado cuentas". - Mientras que el caballero
se vestía, el sacerdote, - contóles a los presentes
la locura de Quijote - y les explicó también
del artificio que habían - usado para poder
sacarle de aquella sierra - en la que, decía él,
imitaba a Amadís - llorándole a Dulcinea,
cual éste lloró a Oriana. - Todos quedaron de acuerdo
en seguir el artificio - de llevar al caballero
desde la venta a su pueblo - y, mientras hablaban deso,
de pronto apareció él - armado con sus pertrechos,
con el yelmo de Mambrino, - abollado, en la cabeza,
arrimado a su lanzón - y embrazado a su rodela.
Su rostro amarillo y seco - y su extraña presencia
suspendió a los presentes, - que escucharon bien atentos
lo que éste, con reposo, - díjole a Dorotea:
"Si vuestro ser se ha deshecho - de gran señora en doncella
por orden de vuestro padre, - temeroso que no os diese
la necesaria ayuda, - digo que no supo él
de la misa la mitad, - puesto que no hay en la tierra
ningún camino que yo - no pueda abrir por la fuerza
de mi espada, con la cual - mataré al gigante aquél
y luego os pondré a vos - la corona, que es por ley
del reino Micomicón". - Tras oír al caballero,
Sancho quiso intervenir - para decirle que aquello
no era cierto, pero entonces, - Fernando rogó silencio,
al tiempo que Dorotea - dijo: "Audaz caballero,
yo soy la misma de ayer - y el que os dijo que cambié
os mintió y ahora, señor, - tras quedar esto resuelto
esperemos a mañana - para ir hacia mi reino,
que hoy ya no hay nada que hacer". - Quijote, al oír aquello,
se volvió a Sancho y le dijo: - "Ahora te digo, Sanchuelo,
que eres un gran bellacuelo, - un mentiroso escudero
y el más grande mentecato". - "No se hable más de esto",
dijo al fin Don Fernando, - y entonces llegó a la venta
un pasajero cristiano - recién venido de tierra
de moros con un jumento - en el que iba una mujer
vestida a la morisca, - de la cabeza a los pies.
Este apeó a la mujer - y después pidió aposento
al ventero pero él - no se lo pudo ofrecer
al no tener ni uno libre. - Al oírlo, Dorotea,
acercóse a la mujer - y le ofreció su aposento,
a lo que ella, sin hablar, - sus manos cruzó en el pecho
e, inclinando la cabeza, - dobló el cuerpo como gesto
de su agradecimiento. - "Señora, ésta doncella,
entiende poco mi lengua - y no puede agradecer,
en cristiano, su merced, - pero por mi y por ella,
se la agradezco yo mesmo", - dijo el hombre a Dorotea,
la cual preguntó al cautivo - si era mora la mujer.
"Aunque su apariencia es mora - su alma cristiana es
por el gran deseo que ella - tiene de llegarlo a ser".
Y estando en esto llegó - el ventero con la cena
y comieron todos mientras - Quijote habló a los presentes:
"Quítenseme de delante - esos que dijeron que
las letras hacen ventaja - a las armas, que diré
que no saben lo que dicen. - Ellos aseguran que
los trabajos del espíritu - exceden a los del cuerpo
y creen que en las armas - sólo se ejercita el cuerpo,
pero ignoran que el guerrero - requiere de entendimiento.
Hay espíritu en las letras - y también en el guerrero,
pero el que trabaja más - con su espíritu es aquél
que tiene más noble fin. - El fin de las letras es
entender y hacer que - se guarden las buenas leyes,
dando a cada uno lo suyo, - fin que hay que decir que es
digno de grande alabanza, - pero el fin del guerrero
es más digno de alabanza, - porque tiene por objeto
y finalidad la paz, - que es el más grande bien
que se puede desear. - Y ahora les hablaré
de los trabajos del cuerpo - en las armas y en las letras.
El trabajo principal - de los estudiantes es
la pobreza, y como el pobre, - jamás tiene cosa buena,
la padece por sus partes - y se alimenta de aquello
que les sobra a los ricos. - Van tropezando y cayendo
por ese áspero camino - hasta que un día llegan
al grado que han deseado, - y entonces, de repente,
como llevados en vuelo - de la favorable suerte,
los vemos luego mandar - desde una silla, la tierra,
trocando su hambre en hartura, - su frío en refrigerio,
en galas, su desnudez - y su dormir, en estera,
en holandas y damascos, - como merecido premio
de su virtud, pero éste - trabajo, al del guerrero
se queda contrapuesto, - como ahora os contaré...

jueves, 21 de abril de 2016

Carta 37 a Quijote

23 - Abril - 2016
Estimado Quijote:
Si la novela del "Curioso impertinente" acabó fatal, éste capítulo acaba bien, muy bien, aunque al principio no lo parecía, te cuento. Fernando y Luscinda llegaron a la venta en la que tú estabas durmiendo y allí se encontraron con Cardenio y con Dorotea. Te recuerdo que Fernando es el listo que le quitó a Cardenio  -aquel extraño tipo que malvivía en la sierra-  su prometida: Luscinda. Y que Dorotea es la labradora a quien Fernando se cepilló tras haberle prometido que se casaría con ella.

Cardenio, al ver a Luscinda, quiso ir con su amor enseguida, pero Fernando se opuso a ello sujetándola fuertemente. Y entonces, Dorotea, le pidió a Fernando que cumpliera la promesa que le había hecho de ser su esposo. Al principio Fernando se negó, pero finalmente acabó cediendo y cada oveja volvió con su pareja.


Esta es la parte bonita de la historia, pero también tengo que decirte, querido Quijote, algo que no te gustará, y es que la princesa Micomicona no lo es, sino que es Dorotea que se hizo pasar por ella. Y ¿por qué hizo tal cosa? te preguntarás, pues para sacarte así de aquella sierra antes de que pillaras una pulmonía u ocurriera algo peor. Aunque también tengo que decirte que el cerebro de tal operación no fue ella, sino que fue el cura. Sí, sí, tal como lo oyes, el cura, que se enteró de que estabas en aquella sierra por Sancho Panza.


Seguro que te has llevado por todo un gran chasco y lo entiendo, pero fíjate en lo positivo, querido Quijote, que es que te ahorrarás el tener que luchar contra ese temible gigante. Y por lo que hace al tema de que te engañaran te diré lo que alguien me dijo una vez a mi: "No te creas nada de lo que te digan y de lo que veas, créete sólo la mitad".

P.D. Hoy, mi caballero, se cumplen 400 años de la muerte de tu creador: Miguel de Cervantes, y quiero regalarle este poema -que escribí hace años para él- y decirle que yo de mayor quiero ser como él.

                        A Miguel de Cervantes,

                   Porque a pesar de la vida repleta
                   de nubarrones que velaron tu estrella,
                   con valentía y con gran entereza,
                   al mundo entero, diste tu belleza.

                   Porque supiste hallar la fuente eterna
                   que alimenta al cielo y a la tierra;
                   porque nutriste de virtud tus letras
                   y de prudencia, ejemplares novelas.

                  Es tu esfuerzo y tu lucha sincera,
                  la esperanza y la paciencia inquieta
                  de aquel que sueña en abrazar su estrella.

                  Eres para aquél que a ti se acerca
                  amigo fiel del alma que desea
                  vivir y amar, por sobre de las penas.

                                                 Maite Lucas Serra



                      Hasta pronto, mi caballero.
                      Un abrazo,

                         *Odette*



Cap. 36

Tras acabar la novela - llegaron allí cuatro hombres
que montaban a caballo, - que iban bien armados todos
y llevaban antifaces. -  Con ellos, y en un sillón,
vino una mujer de blanco - con un embozo en el rostro
y luego, a pie, vinieron - también con ellos dos mozos.
Cuando los vio, Dorotea, - se fue a cubrir el rostro,
mientras que Cardenio fue - a esconderse de la tropa
dentro de aquel aposento - en el que dormía Quijote.
Los cuatro hombres se apearon - y a la mujer del sillón
la tomó uno de ellos - y a una silla la llevó.
Sentada ya la mujer - un largo suspiro dio
y cual si estuviera enferma, - los brazos tambaleó.
Dorotea sintió al verla - por ella gran compasión
y por eso preguntóle - el porqué de su dolor,
a lo que la pobre dama - callóse y no respondió.
"No os canséis en ofrecer - nada a aquesta señora
porque tiene por costumbre - no agradecer los favores
que se le puedan hacer - y no esperéis que os responda
si es que no queréis oír - sólo embustes de su boca",
dijo uno de aquellos - caballeros que escuchó
lo que Dorotea dijo - a la embozada señora.
"Jamás dije yo mentira - y esto es lo que os hace a vos
ser falso y mentiroso", - dijo a esta sazón
la lastimada mujer. - Y Cardenio que esto oyó
dijo, alzando la voz: - "¿Qué es esto que oigo, Dios?
¿qué es aquesta voz que oigo - que no es nueva a un sevidor?".
La mujer, sobresaltada,  - al reconocer la voz
de Cardenio, se alzó - y fue hacia la habitación
en la que éste se escondía, - pero el que la insultó
se interpuso en su camino - y con fuerza la paró,
cayéndole a la mujer - el tafetán de su rostro.
La asió tan fuertemente - el caballero que no
pudo sujetar su propio - antifaz, que le cayó.
Y entonces Dorotea  - reconoció aquel rostro,
que era el de Don Fernando, - su amado e ingrato esposo.
Desmayóse Dorotea - y el cura quitó su embozo
para echarle agua fresca - sobre su rostro y su esposo,
al verla, ya sin embozo, - como muerto se quedó
al reconocer su rostro. - Creyendo que era su esposa
la mujer desfallecida, - Cardenio se apresuró
a salir del aposento - y, cuando a Luscinda vio
abrazada por Fernando, - cual de piedra se quedó.
A Cardenio, Don Fernando, - también lo reconoció
y, entonces, uno a otro, - se fueron mirando todos
con sigilo y estupor... - Dorotea, a su esposo,
Don Fernando, a Cardenio; - Cardenio, a su gran amor
y éste, a su cardenio. - Fuéronse mirando todos
hasta que Luscinda dijo: - "Don Fernando, por favor,
dejadme llegar al muro - de quien yo su yedra soy
y notad como el cielo - pone a mi auténtico esposo
delante de mi, que bien - por experiencias costosas,
sabéis que sólo la muerte - puede conseguir que yo
lo borre de mi memoria", - pero él ni respondió
ni a Luscinda soltó - y por eso se hincó
de rodillas, Dorotea, - a los pies de él y habló:
"Por tu gusto yo fui tuya - y aunque no quieras ahora
que lo sea, tú eres mío. -  Todos sabemos, señor,
que es más fácil y mejor - querer a quien te adora
que empeñarse en ser querido - por la mujer que te odia.
Y si es que tú te crees - que mi sangre no es noble,
sábete que en realidad - la esencia de lo noble
es la virtud que posee - todo honesto corazón".
Escuchóla Don Fernando - sin replicarle ni un mote,
al tiempo que ella lloraba; - y luego, al final, su esposo,
confundido y asustado, - a Luscinda liberó
de sus brazos y, mirando - a Dorotea, exclamó:
"¡Venciste, bella mujer, - porque no soy capaz yo
de negar tanta verdad!". - Y en esto aprovechó
Cardenio aquella ocasión - para estrechar a su esposa,
diciéndole que en sus brazos - tendría el firme reposo
que por ley se merecía, - Luscinda miró a su esposo,
le echó los brazos al cuello - y juntando bien su rostro
con el de él, añadió: - "Señor mío, vos sí sois
el dueño de esta captiva, - aunque la suerte se oponga
y amenacen a esta vida - sustentada en la de vos".
Y entretanto sentimiento - al final lloraron todos
de emoción, excepto Sancho, - que, aunque también lloró,
lo hizo por la decepción - que se llevó al ver que no
era Dorotea reina - del reino Micomicón.



viernes, 25 de marzo de 2016

Carta 36 a Quijote

25 - Marzo - 2016
Estimado Quijote:
El triángulo amoroso entre Lotario, Anselmo y Camila acabó como el rosario de la aurora. Verás...
Leonela  -la doncella de Camila y la única persona que estaba al corriente del romance entre su señora y Lotario-  estuvo a punto de contárselo a Anselmo. Camila, en cuanto se enteró de ello se asustó tanto que huyó a casa de Lotario, y éste la llevó a un monasterio mientras que él se fue de la ciudad. Y Anselmo, cuando vio que los tres habían desaparecido se fue hacia la ciudad, en donde se enteró de toda la verdad y de que era Leonela quien la iba contando por ahí.

                              

Entonces, Anselmo, con la intención de quitarse la vida, empezó a escribirle una carta a Camila, perdonándola y culpándose a él de todo, cuando de pronto y sin acabar la carta, falleció. Lotario también murió, en la guerra,  y le siguió Camila, que murió de pena al enterarse de la muerte de Lotario. Así que ya ves, querido Quijote, lo mal que acabó ese triángulo amoroso.

Aaayyy, mi soñador, que creyendo que estabas en el reino Micomicón luchando con el gigante, acuchillaste los cueros de vino que había en la habitación y dejaste todo el suelo perdido de vino. Entiendo que el ventero se enfadara contigo, yo también me habría enfadado, aunque eso no excusa que te golpeara. Nada excusa una agresión mas que la defensa propia.


¿Sábes? a mi nunca me han pegado, ni yo he pegado a nadie y en el pasado, cuando alguien me hacía daño de verdad  -en el corazón-, no me defendía, sino que me retiraba a llorar en silencio. Eso es lo que hice cuando mi mejor amiga me rompió el corazón. Te cuento...
Yo iba a un colegio de monjas  -de pago-,  en el que muchas de las niñas que estudiaban allí eran niñas pijas  -como la falsa amiga a la que me refiero-, de esas que te miran por encima del hombro ¿sábes? aunque yo no me di cuenta de ello hasta que ocurrió lo que ocurrió. Y lo que ocurrió fue que tras haber estado ella en mi casa, luego fue diciendo por toda la clase que yo vivía en una cueva y que mi abuela era una bruja.


Mi casa no era como su pisazo con parquet, vale, pero tampoco era una cueva y mi abuela no era tan sofisticada como la suya, era  una mujer sencilla -la típica abuela de pueblo con sus alpargatas y su largo pelo blanco recogido en un moño-, pero para nada era una bruja. Mi abuela Amélia -de quien ya te hablé en la carta 28-  fue una de las mujeres más bonitas y más valientes que he conocido, y eso es lo que tenía que haberle dicho a esa estúpida arrogante, en lugar de haberme quedado callada. Pero ¿sábes?, ahora ya no me callo nada, tan sólo enmudezco en las ocasiones en las que quiero evitar discusiones innecesarias con personas necias, pues como dijo Kant, el gran filosofo alemán: "Nunca discutas con un idiota, pues te bajará a su nivel y allí te ganará por experiencia".

En fin, mi caballero, recupérate pronto del palizón que te han dado. Ánimos

Un abrazo

*Odette*

Cap. 35

...antes de acabar la historia - del "Curioso impertinente",
el cura calló al oír - las voces del escudero,
Sancho Panza, que gritaba: - "Acudid, señores, presto,
y auxiliad a mi señor, - que anda aquí envuelto
en reñida y gran batalla, - y le ha tajado la cabeza
al gigante enemigo - de la señora princesa
del reino Micomicón...; - sin duda, el gigante ha muerto,
que he visto correr la sangre - por el suelo y la cabeza
cortada y caía a un lado, - así que no es menester
que os acerquéis ya corriendo". - Fueron hacia el aposento
todos los que allí estaban - y lo que vieron fue esto:
a Don Quijote en camisa - luciendo sus largas piernas,
sucias, flacas y con vello; - tenía en la cabeza
un bonetillo grasiento - y en el brazo izquierdo
una manta bien revuelta, - llevando, en el derecho,
la espada desenvainada, - con la que cortaba el viento,
como dando cuchilladas - cual si realmente estuviera
peleando de verdad, - aunque la realidad era
que Don Quijote, durmiendo, - soñó que estaba en el reino
Micomicón peleando - ante aquél gigante cruel
que le quería usurpar - a la hermosa princesa,
Micomicona, su reino. - Cuando entró el ventero
en el aposento y vio - derramado por los suelos
el vino que había en los cueros, - golpeó al caballero
hasta que el cura juró - satisfacerle la pérdida
por sus cueros horadados. - Y al tiempo que el ventero
comenzaba a sosegarse, - empezaba el escudero
poco a poco a inquietarse, - pues al no hallar la cabeza
del gigante imaginó - que se iba a deshacer
su condado prometido. - Desesperaba el ventero
escuchando al escudero - que estaba peor él
que don Quijote durmiendo, - el cuál dijo, ya despierto:
"Princesa Micomicona, - ya puede vuestra grandeza
desde hoy vivir tranquila, - que al gigante he dado muerte".
Y después de hablar aquesto - lleváronse al caballero
a la cama y el cansancio - le hizo dormir otra vez.
Mientras Quijote dormía, - consolaba Dorotea
a Sancho Panza diciéndole - que aún sin hallar la cabeza
del gigante prometía - que, viéndose en su reino,
le daría el mejor - condado que en él hubiese.
Y al ver que se iban calmando, - el cura siguió, de nuevo,
leyéndoles la novela - del "Curioso impertinente",
que continuaba así: - "Una noche sintio Anselmo
pasos en el aposento - de Leonela y queriendo
saber quien allí estaba - entró a tiempo de ver
a un hombre que saltaba - por la ventana y corriendo
desapareció en la calle. - "Por favor, señor, sosiégate,
y no te alborotes tanto - que si quieres te diré
cosas de más importancia - de las que tú ni siquiera
pudieras imaginar", - dijo Leonela a Anselmo
cuando éste, enfurecido, - preguntóle a la doncella
quién era el tipo que huyó". - "¿Y qué cosas son aquestas?",
preguntóle entonces él. - "Mañana te las diré,
que ahora estoy alterada - y no puedo responder".
Y Anselmo, enojado,  - la encerró en su aposento
bajo llave y después - fue a explicarle a su mujer
lo ocurrido, diciéndole - lo que le contó Leonela.
Se turbó tanto Camila - y sintió en ella tal miedo
que aquella misma noche - cogió todo su dinero
y fue a casa de Lotario. - El la llevó a un monasterio
y después, sin darle parte - a nadie de su ausencia,
abandonó la ciudad. - Al amanecer, Anselmo,
fue en busca de Leonela, - pero al abrir la puerta
de su aposento vio - que no estaba la doncella
y cuando fue a decírselo - a su estimada mujer
vio que también ella había - escapádose de él.
Al ver los cofres abiertos, - sin joyas y sin dinero,
fue a contarle su desdicha - a Lotario, que también
había desaparecido - y sin saber lo que hacer,
el desdichado Anselmo - el juicio pensó perder.
Subióse a su caballo - y con desmayado aliento
se encaminó a Florencia - hasta que al anochecer 
un hombre que iba a caballo - y que se cruzó con él
le contó que en la ciudad - se decía algo sorprendente
acerca de dos amigos, - que eran: Lotario y Anselmo.
Se decía en la ciudad - que el amigo de Anselmo
se llevó a la mujer - de éste y que después
todos desaparecieron, - menos la criada de ella,
que fue quien contó la historia. - Después de escuchar aquello
Anselmo le preguntó - si él sabía dónde fueron
Lotario y la mujer: - "Ni por pienso", dijo él.
Y Anselmo, fatigado, - sin ya saber lo qué hacer,
tomó una pluma y - escribió así en un papel...
"Lo que me quitó la vida - fue un deseo impertinente,
y si le llega a Camila - la noticia de mi muerte,
sepa que yo la perdono, - puesto que no estaba ella
obligada a hacer milagros, - que fue mi necio deseo...",
y acabóse así la carta, - al acecharle la muerte.
Camila se quedó viuda - en el monasterio y luego,
cuando supo que Lotario - en la guerra había muerto,
la pena pudo con ella - y acabó su vida, en breve,
y éste fue el triste fin, - nacido de un mal comienzo.