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domingo, 7 de junio de 2015

Carta 19 a Quijote

07 - Junio -2015
Estimado Quijote:
Por no hacer caso a tu escudero, que te advirtió que no eran jinetes quienes levantaban aquella espesa polvareda que se acercaba, sino carneros y ovejas, acabaste molido a pedradas por sus pastores y ganaderos. Si te piden a gritos que pares de dar lanzadas a su manada ¿por qué no lo haces? ¿Sabes?, tuviste suerte de salir con vida de esa lluvia de piedras, pues no le ocurrió lo mismo a Aisha Ibrahim Duhulow, una niña somalí  -de trece años- que en el año 2008 murió apedreada por cincuenta hombres y ante la presencia de un millar de personas. De entre las personas que estaban allí presentes algunas intentaron intervenir y fueron disparadas de inmediato, incluso un niño que presenciaba la escena.


Lo que le hicieron a Aisha se llama  lapidación, es un medio de ejecución muy antiguo  -que seguro que tú conoces-  que se fue abandonando progresivamente a medida que se iban reconociendo los derechos humanos. Y ¿qué hizo Aisha para recibir ese terrible castigo?, te preguntarás, pues lo único que hizo fue intentar denunciar, a la milicia que controla la ciudad somalí de Kismayo, que tres hombres la habían violado. En lugar de detener a los violadores, detuvieron a la niña, la acusaron de adulterio y la condenaron a la lapidación, acogiéndose a la ley islámica que estos terroristas interpretan a su manera, pues según el profesor Mahmoud Azab  -especializado en el Islam-  no hay nada en el Corán que incite a la lapidación. En donde sí se incita a la lapidación es en los Hadices, que son los dichos o sentencias de Mahoma, y también en la Torá  -libro sagrado del Judaísmo-, y en el Antiguo Testamento de la Bíblia Cristiana. Pero ¿para qué tenemos la cabeza, sino es para pensar y discernir entre lo que está bien y lo que está mal?


La muestra de que no hay que seguir a ciegas, sin pensar, todo lo que está escrito en los libros sagrados la dio Jesús cuando quisieron condenar, con la lapidación, a una mujer acusada de adulterio, acogiéndose entonces a la Ley de Moisés. Jesús hizo avergonzar a los que acusaban a esa mujer, diciéndoles: "Quien esté libre de pecado que lance la primera piedra", y todos, cabizbajos, se fueron yendo de allí.

¿Sabes, Quijote?, pienso que una de las claves para acabar con éste maldito terrorismo está en la educación, pues si a estos terroristas, de niños, les hubieran enseñado a pensar por sí mimos, en lugar de enseñarles a obedecer, a callar y a matar, quizás la cosa cambiaría.

Mi caballero, que seguro que estarás ya preparándote para ir a darles su merecido a los asesinos de Aisha, muchos ánimos para tí y también para todas esas personas  -periodistas, fotógrafos, personal de ONGS...- que se juegan la vida a diario para informar al mundo de  lo que allí está ocurriendo y para ayudar, en lo que pueden, a las inocentes víctimas que sufren en su piel ese infierno. Gracias por vuestra valentía

Un abrazo

*Odette*

Cap.18

Cuando de puro cansancio - dejaron de mantear
al desgraciado escudero, - sin alforjas y turbado,
éste fue hacia su amo. - "Lo único que saco en claro
de todo esto es que - sería más acertado
volver a nuestro lugar, - antes de que no sepamos
cual es nuestro pie derecho". - "Ten paciencia, Sancho y calla.
¡Pues tú no sabes, amigo, - que aunque hay muchos achaques
en aquesta profesión, - también ésta te regala
el mayor contento que hay - en el mundo, que es triunfar
y vencer al enemigo!". -  Y hablando éstas palabras
Don Quijote vio de pronto - que hacia ellos se acercaba
una espesa polvareda, - que venía de ambos lados.
Eran carneros y ovejas - que en dos grandes manadas
levantaban aquel polvo, - pero Quijote pensaba
que venían dos ejércitos - a embestirse y a encontrarse
en mitad de la llanura. - Cuando preguntóle, Sancho, 
qué es lo que pintaban ellos - en medio de aquel combate,
Don Quijote le explicó: - "En un ejército hay
el gran Alifanfarón, - de la isla Trapobana;
en el otro su enemigo, - que es rey de los garamantas,
llamado Pentapolín - del Arremangado Brazo.
El primero es un pagano - que está enamorado
de la hija del segundo, - una señora agraciada,
muy fermosa y cristiana. - Su padre le ha jurado
al emperador pagano - que no se la entregará
si no deja él a Mahoma - y se convierte al cristianismo.
Y como es más desvalido - el Pentapolín del Brazo
que el Alifanfarón, - hay que ayudar al del Brazo,
para que venza al pagano". - Por más que Sancho miraba
no veía los ejércitos - de los que su amo le hablaba
y en lugar de oír clarines, - los  relinchos de caballos
y el ruido de los tambores, - lo que éste escuchaba
eran balidos de ovejas - y carneros que llegaban.
"Este miedo que tú tienes", - dijo Don Quijote, airado,
"te impide ver la verdad, - pues lo que ocurre, Sancho,
es que el miedo afecta - a los sentidos, turbándolos,
para que nada parezca - lo que es en realidad;
y si es que tanto temes, - retírate a una parte".
Diciendo esto, Don Quijote, - se lanzó como un rayo
en medio del escuadrón - y comenzó a dar lanzadas
a los carneros y ovejas. - "Vuélvase, gritaba Sancho",
pero Quijote siguió, - sin hacerle el menor caso.
Pastores y ganaderos - que llevaban la manada
gritaron al caballero - que de allí se apartara,
y al ver que éste no cesaba - de agraviar a la manada,
lo molieron a pedradas. - Quijote se vio ta mal
que, entre una piedra y otra, - empezóse a tragar
el bálsamo Fierabrás, - hasta que una pedrada
le dio de lleno en la mano - e hizo la alcuza pedazos.
Tras éste golpe quedó - el pobre tan machucado
que los pastores lo dieron - por muerto y se largaron.
Entonces fue cuando Sancho, - arrancándose las barbas,
salió de donde se hallaba - y se acercó hasta su amo,
al tiempo que le decía: - "¿No le dije yo, mi amo,
que eran carneros y ovejas?". - "Sábete, amigo Sancho,
que a los sabios enemigos - les resulta cosa fácil
hacernos ver lo que quieren, - y éste sabio maligno
que me persigue, ha vuelto - escuadrones en manadas,
envidioso de la gloria - que vio que yo iba a alcanzar
en aquesta gran batalla". - Cuando hubo terminado
de hablarle a su escudero - le pidió que se acercara
y le contara los dientes - que le rompió la pedrada.
Sancho Panza se acercó - en el instante en que el bálsamo
empezó a reaccionar, - haciéndole vomitar.
El color, sabor y olor - del vómito de su amo
le dio tanto asco a Sancho - que también le hizo arrojar.
Y mientras que Sancho Panza - maldecía a su amo,
éste decía, muy triste: - "Sábete, amigo Sancho,
que no es un hombre más - si éste no hace más
que lo que hace otro hombre. - Todas aquestas borrascas
que nos están sucediendo - no son más que las señales
de que llegará el buen tiempo - y todo bien se andará,
pues ni el bien ni el mal - duran una eternidad;
nuestro mal ya dura mucho - y esto significa, Sancho,
que el bien está por llegar". - Ni se pudieron limpiar
ni pudieron almorzar, - porque para más desgracia
Sancho Panza se dio cuenta -  que su alforja le faltaba,
y mientras que el escudero - comenzó a refunfuñar,
Don Quijote de la Mancha - intentóle animar:
"Sube sobre tu jumento - y sígueme, amigo Sancho,
que Dios, que es piadoso, - no nos abandonará".
"Hágase predicador - y no caballero andante,
que se le da a usted mejor", - respondióle Sancho Panza.
"De todo hay que saber, - puesto que jamás la lanza
embotó a ninguna pluma, - ni la pluma a la lanza".
Tras el largo conversar, - Sancho Panza fue a contarle
las muelas que aún le quedaban - a Quijote de la Mancha
y cuando Sancho le dijo - que en la parte de abajo
le quedaban dos y media - y que arriba le quedaban
ni dos muelas ni ninguna, - el pobre empezó a clamar:
"¡Qué desventurado soy - porque te hago saber, Sancho,
que una boca sin muelas - es lo mismo o es igual
que un molino sin piedra, - y es mucho más de estimar
un diente que un diamante. - Mas a todo esto estamos
expuestos quien profesamos - la caballería andante".
Y Quijote de la Mancha, - fatigado y desdentado,
se dejó guiar por Sancho, - que no cesaba de hablar
para así hacerle olvidar - a su amo el gran mal
que sentía en las quijadas, - por la dichosa pedrada.



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