Translate

domingo, 14 de junio de 2015

Carta 20 a Quijote

14 - Junio - 2015
Estimado Quijote:
Por las tétricas pintas que llevaban los sacerdotes que viste venir en plena noche, te parecieron que eran satanases. Sancho Panza, del miedo que sintió, se daba diente con diente, pero tú, mi valiente caballero, no, tú  fuiste directamente hacia ellos a preguntar quiénes eran. ¿Sabes?, en situaciones de miedo yo soy más como Sancho Panza, que me da el tembleque, aunque en cierta ocasión  -en la que el miedo y yo éramos uno-  tuve que hacerme la valiente y sacar pecho, como tú.


Era verano y entre un grupo de amigos alquilamos un velero -con patrón incluido- para hacer una travesía desde Badalona hasta Mallorca. Lo que ocurrió fue que la primera noche, tras salir del puerto, nos sorprendió una fuerte tormenta que nos sacó a todos de la cama a porrazo limpio. Todos empezaron a vomitar excepto yo, pues fui la única que tomó pastillas para el mareo, y por eso el patrón me mandó a mí hacerme cargo del timón manual  -ya que el  automático se había roto- mientras que él iba a hacer unos cálculos, me dijo, y a contactar por radio.

Antes de dejarme allí sola ante el peligro, me dio instrucciones: ¿ves la luna?, me preguntó, señalándola. Sí, repuse yo, temblando. Mantén  la proa del velero hacia ella, en todo momento ¿de acuerdo?, y antes de que yo asintiera se fue zumbando de allí. Tenía que seguir la luna ¿qué romántico parece, no?, pero no lo fue, me sentí como una diminuta hormiga a punto de ser aplastada por aquellas enloquecidas olas que me asustaron de verdad. Y entonces, quizás por aquello que dicen  que quien canta los males espanta, me puse a cantar, a modo de oración, para mí. Y canté todo el repertorio de canciones que de niña había aprendido en excursiones, en el colegio y en casa.

Aunque afortunadamente aquel desaguisado acabó bien, como comprenderás, querido Quijote, no he vuelto a pisar un velero. Eso sí, sigo cantando  -aunque afine poco-  y me gusta hacerlo, por ejemplo, bajo la ducha, sobre todo cuando estoy contenta. Y ¿qué es una ducha?, te preguntarás..., pues es uno de los mejores inventos que tenemos, te lo aseguro. Es como tener una nube en casa que llueve para ti cuando te apetece,  a la temperatura que tú desees, y con la intensidad que tú prefieras. El agua llega a esa nube  -que tiene más bien forma de alcachofa y está pegada a la pared-  mediante unas tuberías que están conectadas a grandes depósitos repletos de agua.


Además de la ducha, también tenemos en las casas otras nubes más pequeñas. Una que es para lavarnos la cara y las manos, otra para que se vayan bien lejos -a través también de tuberías- los orines y las heces, y en la cocina tenemos una estupenda nubecilla que va genial para fregar los cacharros. ¿Qué te parece? ¿a qué te gustaría jugar con todas esa nubes?, seguro que sí, aunque tendrías que andar con cuidado de no abusar de ellas, mi caballero, pues si no a final de mes cuando te llegara la factura  a pagar por el agua consumida, te iba a dar un patatús.

P.D. Estimado Quijote, a veces " la vida te da sorpresas..., sorpresas te da la vida... ay Dios", y eso es lo que me ocurrió hace unos días. Me reencontré con la persona que me presentó, siendo niños, a mi querido amigo Ramón, de quien te hablaré en mi próxima carta. Había quedado con él un domingo por la mañana pero tristemente no llegamos a vernos, pues Ramón  murió dos días antes en un accidente de tráfico. Fue duro superar su pérdida, muy duro. Y ¿sabes?, reencontrarme con la persona que nos presentó después de tantísimos años, ha sido una muy grata sorpresa para mí, como un día de sol y de cielo claro ¿sabes?,  como uno de esos días en los que te apetece cantar bajo la lluvia, por ejemplo, y no parar de bailar, ni de reír. No quería despedirme de ti sin contarte esta grata sorpresa que me ha dado la vida. Hasta la próxima.

Un abrazo

*Odette*.

Cap. 19

Cuando la noche cayó - vieron venir hacia ellos
una multitud de lumbres - que parecían estrellas,
bailando en la oscuridad. - Sancho Panza tuvo miedo
y comenzó a temblar, - mientras que Quijote, haciendo
el valiente, animó - al medroso escudero,
diciéndole que aquella - era aventura de riesgo
en la que él mostraría - todo su valor y esfuerzo.
Pronto vieron que las lumbres - que parecían estrellas,
eran hachas encendidas - llevadas por unas gentes
que montaban a caballo, - que eran más o menos diez
y que iban encamisados. - detrás desta gente vieron
una litera cubierta - de luto y vieron también
que a ésta seguían seis hombres - con el luto hasta los pies.
Mientras que el escudero - se daba diente con diente,
Don Quijote imaginó - que eran andas la litera
y que en ellas llevaban - a un herido caballero
o a ese caballero muerto, - y que estaba para él
reservada la venganza. - Así que, Quijote, fue
hacia los encamisados - y los hizo detener,
diciéndoles con gran brío - "Deteneos, caballeros,
o quienquiera que seáis, - y de quién sois dadme cuenta,
decidme lo que lleváis - sobre las andas aquestas,
de donde venís y adónde - vais de tan rara manera;
o vosotros habéis fecho - o a vosotros os han fecho
algún mal desaguisado, - y yo lo debo saber,
o bien para castigaros, - o bien para defenderos
y vengaros de el tuerto - que a vosotros os ficieron".
"Por la prisa que llevamos - no podemos detenernos",
díjole uno de ellos. - y Quijote, al oír eso,
le trabó el freno a la mula - del que le dio la respuesta
y ésta, que era asombradiza, - se espantó, se alzó en los pies
y dio con su dueño al suelo. - Un mozo que iba a pie
comenzó a denostar - al manchego caballero
y éste, encolerizado, - arremetió con presteza
a uno de los enlutados. - Los encamisados, que eran
gente medrosa y sin armas, - huyeron de la refriega,
y también los enlutados, - envueltos en faldamentos,
de Don Quijote fuyeron, - dejando allí la litera.
La hacha del primer hombre - que fue a parar por tierra
estaba ardiendo en el suelo, - y a su luz pudo ver,
Quijote, el rostro del tipo. - Entonces se acercó a él,
le apuntó con el lanzón - y pidióle se rindiese,
si no quería morir. - "Suplico a vuesa merced
que por favor no me mate, - si no quiere cometer,
ante Dios, tal sacrilegio; - que soy licenciado y tengo
dadas las primeras órdenes". - dijo el hombre sin moverse.
"Pues si no queréis que os mate - deberéis satisfacer
a todo cuanto primero, - al veros, os pregunté",
advirtióle Don Quijote. - "Pues sepa vuesa merced
que yo no soy licenciado - sino que soy bachiller;
llámome Alonso Pérez - soy natural de Alcobendas;
vengo de Ciudad Baeza - junto a los que huyeron,
que son once sacerdotes, - y vamos a dar entierro
al cuerpo de un caballero - que falleció en Baeza".
"¿Y quién mató al caballero?", - preguntóle al bachiller
Don Quijote de la Mancha. - "Murió de unas pestilentes
calenturas que le dieron", - respondióle el bachiller.
"Pues no hay que vengar su muerte, - pero quiero que usted sepa,
añadió entonces Quijote, - que yo soy el caballero
Don Quijote de la Mancha, -  enderezador de  tuertos
y desfacedor de agravios". - "Pues a mí me ha vuelto tuerto
y me ha dejado agraviado", - aseguró el bachiller,
a lo que dijo Quijote: - "Porque no todo sucede
de una misma manera - y el error fue solo vuestro
por venir como veníades, - que al veros os juzgué
por los mismos satanases". - Lejos de aquella escena,
Sancho andaba ocupado - desvalijando una acélima
repleta de alimentos, - hasta que llenó el talego
y luego fue hacia su amo - para con él atender
al herido bachiller. - Antes de que éste se fuera
Sancho le dijo que su amo - era conocido como
el de la Triste Figura, - además del de la Mancha,
y tras escuchar a Sancho, - el hombre fue a por su gente.
Luego Sancho le contó - a Quijote el porqué
le había llamado así. - "Pues sepa vuesa merced
que a la luz del hacha - he visto que tiene usted
la peor mala figura - que jamás le pude ver",
a lo que Quijote dijo: - "No es eso, escudero,
sino que el sabio que escribe - mis hazañas, en novela,
ha creído oportuno - y le ha parecido bien
darme el apelativo - que ha puesto en tu lengua,
cual caballeros pasados - que se hacían conocer
por estos nombres e insignias". - Y después de todo eso
caminaron largo trecho, - hasta que en dos montañuelas
vieron escondido un valle. - Se apearon y en la yerba
de aquel valle comieron - hasta quedar satisfechos,
y luego les dio la sed - y también el desespero,
al ver que no les quedaba - nada que poder beber.

3 comentarios:

  1. Me ha encantado lo de la nube
    María

    ResponderEliminar
  2. ja,ja,ja, gracias. Imaginación al podeeeeeer !!!! Un besote

    ResponderEliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar