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domingo, 5 de julio de 2015

Carta 23 a Quijote

05-07-2015
Estimado Quijote:
Cuando pediste a los guardas que liberaran a los presos que llevaban encadenados les dijiste algo que me llegó al alma: "No me parece justo hacer esclava a la gente a la que Dios hizo libre". Estoy contigo, Quijote, pues yo también estoy en contra de la esclavitud y admiro profundamente a las personas que han luchado por abolirla y lo han conseguido, como William Wilberforce, en Inglaterra, y Abraham Lincoln, en EEUU.


Hoy, también quiero hablarte de Nelson Mandela, el primer presidente negro que hubo en Sudáfrica. ¿Sabes?, estuvo encarcelado durante 27 años por querer poner fin, de una forma pacífica, al regimen racista que había entonces en Sudáfrica: el Apartheid. ¿Qué es el  Apartheid?, significa "separación" y eso es lo que hacía el gobierno  sudafricano, separar a negros de blancos  -en playas, hospitales, escuelas, autobuses...-, siendo siempre los servicios destinados a los blancos, los mejores. Los blancos, que eran minoría  -un 21% de la población-, vivían muy bien y como temían perder sus privilegios si los negros se hacían con el poder, les prohibieron a éstos votar.

Por su parte, los blancos votaron "No" al final del Apartheid, incluso Zelda, una muchacha de 23 años que fue educada para no tocar ni mirar a un negro y que, sin embargo, acabó convirtiéndose en la mano derecha de Nelson Mandela durante 20 años, hasta la muerte de él. Y ¿sabes  qué hizo posible ese radical cambio en su actitud?, pues la forma en que Mandela la trató a ella. Cuando le preguntan a Zelda cual es la mayor lección que aprendió de Nelson Mandela dice lo siguiente:  "Que cambiar la actitud de alguien a través de nuestras propias acciones es suficiente para cambiar el mundo".


¿Sabes?, eso, o algo parecido, es lo que creo que respondería Sancho Panza si le preguntaran que es lo más importante que aprendió de ti. De hecho, ya en este capítulo demuestra que tu actitud va calando en él cuando libera él mismo a uno de los presos: Ginés, el más peligroso, en lugar de salir corriendo a esconderse, como suele hacer. Así que ¡bravo! para Sancho Panza y para todas las personas que te admiran y sueñan en ser algún día como tú,  mi caballero, y ¡bravo! también, para los que ya lo fueron, como William Wilberforce, Abraham Lincoln y Nelson Mandela.

Un abrazo

*Odette*

Cap. 22

De pronto, vieron venir - a doce hombres de a pie,
ensartados como cuentas - en una grande cadena
de hierro, por los cuellos, - yendo, además, todos ellos,
con esposas en las manos. - Con ellos iban también
dos hombres de a caballo, - con escopetas de rueda
y dos hombres de a pie, - con espadas y con flechas.
Aquellos encadenados - eran llevados, por fuerza,
a remar a las galeras, - pues esa era la pena
que la justicia les puso - por los delitos que hicieron.
Cuando Don Quijote dijo - a su fiel escudero
que quería socorrer - a toda aquella gente,
Sancho Panza le avisó: - "¡Advierta vuesa merced
que la justicia es el rey, - y no hace ninguna fuerza
ni agravio a esta gente, - pues los castiga en pena
de los delitos que hicieron!". - Llegó, en esto, la cadena
de los galeotes y - Quijote quiso saber
qué delito cometió - cada uno de aquellos.
Se lo preguntó a los guardas - y éstos le dijeron que
si lo quería saber, - les preguntara a los presos.
Don Quijote se acercó - y preguntóles a ellos
la causa de su desgracia, - a lo que dijo un mozuelo
que él iba por ladrón - y que otro de los presos,
que no respondió palabra, - iba por ladrón también,
aunque en vez de ser pillado - in fraganti, como él,
confesó éste en el tormento, - por lo que sus compañeros
le acusaban de canario - y se burlaban de él.
Otro de los galeotes - dijo que él iba a galeras
por no pagar al completo - el valor de sus impuestos,
y otro comenzó a llorar - cuando iba a responder,
por lo que un compañero - tuvo que hablar por él;
"Aqueste hombre honrado - va a remar a las galeras
acusado de alcahuete - y por tener asimesmo
un collar de hechicero". - "Por lo de ser alcahuete",
dijo entonces Don Quijote, - "no merece ir a galeras,
pues para que haya orden - en la república ha de haber
gente bien nacida que haga - este oficio tan discreto
y a la vez tan necesario, - y así de esta manera
se excusarían los males - que causan aquellas gentes
tan idiotas que lo ejercen. - De que sea hechicero
solo tengo que decir - que no hay ninguna yerba
y que no hay ningún hechizo - que nuestra voluntad fuerce,
pues aunque sí hay embusteros - que a las gentes envenenan,
nuestra voluntad es libre", - y después de contar eso
Don Quijote prosiguió - interrogando a los presos
hasta llegar hasta el último, - que era un hombre treintañero
y de muy buen parecer. - Traía éste una cadena
al pie y un par de argollas - que , atadas desde el cuello,
una iba a la cadena - y la otra iba desde
la garganta a la cintura, - de la que salían dos hierros
asidos a dos esposas - que, con un candado grueso,
le aprisionaban las manos. -  Por lo visto el hombre aquél
iba con tantas prisiones - porque era, de los presos,
el más ruin y peligroso. - Su nombre era Ginés,
su apellido, Pasamonte, - y tenía sólo él,
más delitos que ninguno. - "Si algo más quiere saber",
díjole éste a Don Quijote, - "sepa que estoy escribiendo
la historia de mi vida, - una vida que está llena
de tantas verdades lindas - y donosas que no puede
haber ninguna mentira - que a mi verdad se parezca".
"¿Y tiene el libro acabado?", - preguntóle a Ginés.
"¿Cómo va a estar acabado?" - , respondióle entonces él,
"¿si aún no ha acabado mi vida?". - "Hábil pareces, Ginés".
"Soy hábil y desdichado, - porque siempre al buen ingenio
le persiguen las dedichas", - aseguróle Ginés
y entonces, Don Quijote, - les dijo a todos los presos:
"De lo que me habéis contado - he sacado en limpio que,
aunque os han castigado, - por todo lo que habéis hecho,
no os dan gusto esas penas - y que vais a las galeras
contra vuestra voluntad. - También podría ser que
las causas de los delitos - fuesen la causa también
de la vuestra perdición, - y la causa de no haber
salido con la justicia - que teníais de parte vuetra,
así que es mi deber - deshacer vuestro tormento".
Quijote rogó a los guardas - que soltaran a los presos,
por no parecerle justo - hacer esclava a la gente
a la que Dios hizo libre. - "No yéndoles nada en ello",
dijo Quijote a los guardas, - "no es bien que un hombre sea
el verdugo de otro hombre, - pues el Dios que está en el cielo
es quien debe hacer justicia, - y si no me obedecéis
tendré que usar la fuerza". - "Váyase vuesa merced,
y enderécese en bacín" -, respondióle uno de aquellos
que llevaban a los presos. - Don Quijote fue tan presto
a arremeter al guardián - que le había dicho aquello,
que dio con él en el suelo. - Los demás guardianes fueron
a atacar a Don Quijote - y Sancho soltó a Ginés,
que se hizo con la espada - de aquél que estaba en el suelo.
En seguida, Ginesillo, - soltó a los demás presos
e hizo huir a los guardas - con el rabo entre las piernas.
Cuando ya no había guardas, - Quijote pidió a los presos
que en señal de gratitud - por quitarles las cadenas,
se fuesen hacia El Toboso - a encontrar a Dulcinea
y que todos, ante ella, - le hablaran del caballero
que les había salvado, - pero díjole Ginés:
"Lo que pide es imposible, - pues tenemos que escondernos
de la Santa Hermandad - y no es bueno que andemos
todos caminando juntos". - Quijote al oír aquello
cogió tal rabieta que - obligó solo a Ginés
a ir hacia El Toboso, - pero lo que hizo éste
en lugar de ir al Toboso -, fue empezar a lanzar piedras.
Ginés y sus compañeros - la bacía le rompieron
a pedradas y después - de la Hermandad huyeron,
dejando en el suelo herido - a quien les salvó el pellejo.

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