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domingo, 8 de noviembre de 2015

Carta 28 a Quijote

08 - Noviembre - 2015
Estimado Quijote:
Acerca el oído, por fa, que te contaré algo que sé que te gustará saber, algo que..., si, vale, no me enrollo más, te lo cuento ya: es el final de la historia de Cardenio. ¿Que quién me lo ha contado? ¿si ha sido el propio Cardenio?, pues sólo te diré que ha sido un pajarito, nada más. Anda, ven y acércate, querido Quijote, que te cuento...

Al parecer, Fernando, aprovechando una ausencia de Cardenio, le pidió la mano de Luscinda al padre de ésta y el hombre, al oler dinero, aceptó enseguida. Y Luscinda ¿qué dijo al respecto? ¿estuvo de acuerdo?, te preguntarás. Pues no sé qué decirte porque hay algo ahí que no me cuadra, verás..., de una lado, Luscinda le pidió a Cardenio que fuera a la boda para que así viera lo que ella iba a hacer con una daga. Una daga que llevaría escondida bajo el vestido de novia, y él fue, vale, pero ni vio la daga ni nada que se le pareciera. ¡Ah!, y una cosa importante, tras la ceremonia, Luscinda se desmayó
y al ir su madre a socorrerla encontró en su pecho un papel, que le entregó a Fernando. ¿Qué pondría en ese papel? ¿quizás escribió en él que a quien amaba de verdad era a Cardenio?, quien sabe... La cuestión es que Cardenio salió de donde estaba escondido y a toda prisa huyó hasta llegar aquí, a esta Sierra, convencido de que en Luscinda había podido más el deseo de grandeza que el amor de verdad. Et voilà, eso es todo.

¿Sabes qué debería de haber hecho Luscinda?, pues lo que hizo mi abuela paterna: Amélia, que cuando la obligaron a casarse con el hijo de un terrateniente andaluz  -que era de Almería, como ella-, para así unir las tierras de las dos familias, ella se negó. Les dijo a sus padres: "Ahora veréis lo que corre un marrano atao", y de la mano de quien luego sería mi abuelo -Francisco Lucas-, se vino a Cataluña ¡vaya carácter que tenía mi abuela! la adoro.  Tengo muchisísimas ganas de ir a conocer Illar -nunca he estado en Andalucía, lo confieso-, su pueblo, y pasear por las calles en las que ella se crió. Y también me apetece mucho conocer Fondón, -que está muy cerca de Illar-  el pueblo en el que nació mi abuelo paterno, al que no llegué a conocer.

Mi abuela Amélia, que tenía unos preciosos ojos azules, fue una mujer guapa, elegante y valiente que se salió con la suya, sí, pero que con esos bonitos ojos azules también tuvo que ver el horror de una dura guerra que se llevó a su marido y a uno de sus cinco hijos. ¿Sabes?, a mi me gustaba estar con ella en el portal de casa, allí sentadas las dos, a veces charlando o a veces en silencio, viendo a la gente pasar. ¿Me das una peseta para comprarme una chuche, yaya?, le preguntaba, y entonces ella sacaba un pañuelo del bolsillo de su larga falda negra  -siempre la vi vestida de luto-, y de allí cogía una moneda: "Toma, Mati -me llamaba así- ve a comprarte un pirulí", me decía.


También me gustaba verla cantar cuando salía en televisión Manolo Escobar. Me la quedaba mirando, boquiabierta, y ella, con esa gracia que sólo los andaluces tienen, cantaba, daba palmas y bailaba sentada -ya era mayor, yo la recuerdo siempre mayor-, moviendo los pies. Y luego, al terminar, me decía, orgullosa y con la cara bien alta  -yo creo que jamás la agachó- : "Es de mi terra". Cómo echaría de menos su tierra: Almería, a la que jamás volvió; ese fue el precio que tuvo que pagar para ser libre.

Mi abuela Amélia -Amélia Cirila Restoy Cantón- fue una mujer  auténtica y me siento muuuy orgullosa de ser nieta suya. Y ¿sabes?, yo habría hecho lo mismo en su lugar, mi caballero, pues ¿te imaginas vivir el resto de tu vida con un yelmo aprisionándote la cabeza, aunque éste sea de oro, sin poder apenas ni respirar?, yo no, y estoy segura de que tú tampoco.

P.D. Querido Quijote, estimados lectores, vaya chasco que me he llevado al pedir a una editorial un informe de lectura de mi novela. Pensaba que mi libro era un bombazo, una super novela, y resulta que ni de lejos... Me hicieron un informe de 8 páginas diciéndome en dónde fallaba para que mi novela tuviera un interés comercial y literario, y la verdad es que me queda mucho por aprender. Al principio me desanimé muchisimo y así se lo dije a la editora, pero ella me animó a seguir adelante diciéndome que el informe de lectura es muy útil para los escritores, puesto que a nosostros nos cuesta ver en dónde fallamos. También me comentó que al leer  la novela vio que mi lengua materna es el catalán y me sugirió escribirla así, en catalán, porque los protagonistas del libro son catalanes y también para ganar espontaneidad. Así que he empezado a reescribirla en catalán. Y quiero aprovechar para decir que sí, que soy catalana, que pienso en catalán, pero que también me siento muy española ¿cómo no iba a sentirme española teniendo sangre andaluza? Y también quiero decir a los politicos de aquí y de allí que se vayan tooodos a hacer puñetas, que ya está bien de crear maraña entre los ciudadanos de un lugar y de otro mientras que ellos -catalanes y españoles- son unos falsos y unos corruptos todos. El único político que me inspira confianza es Pablo Iglesias, es el único que habla claro, el único que veo capaz de defender la justicia social ante quien sea, el único que se parece a mi querido Quijote, y eso es lo que más me gusta de él.
Y volviendo de nuevo a mi libro, suerte que al final del informe de lectura, en el último párrafo, ponía que tengo imaginación, creatividad y talento para inventar y estructurar historias, que si no me tiro por un puente -es un decir, claro, puesto que eso nunca lo haría-. Y suerte también que a mi madre le encantó. En fin, sigo con la reescritura y ya os iré contando...

Un abrazo a tod@s

*Odette/ Maite*

Cap. 27

El cura y el barbero - pidiéronle a la ventera
ropas para disfrazarse - (de escudero el barbero
y de doncella, el cura), - pero al estar dispuestos
al cura le pareció - que era cosa indecente
vestirse de damisela - siendo él un serio clérigo
y por eso le pidió - al barbero, ir de doncella.
El barbero aceptó - y salieron de la venta
para ir con Sancho Panza - hacia la Sierra Morena
y al llegar allí quedaron - en que el cura y el barbero
esperarían a Sancho - hasta que éste volviera
con Quijote de la Mancha. - Se entró Sancho por la Sierra
y ellos dos se quedaron - al lado de un riachuelo,
y estando allí oyeron - a alguien que cantaba versos
con voz dulce y cortesana. - Tras oír aquellos versos,
que eran más tristes que alegres, - los dos hombres anduvieron
hasta dar con el cantor, - que era el infeliz Cardenio,
del cual ya les habló Sancho. - El cura se llegó a él
y con discretas razones - le rogó que no siguiese
con vida tan miserable - porque podría perder
la suya, y eso sería - la mayor de las tragedias,
a lo que dijo Cardenio: - "Os ruego que escuchéis
el cuento de mis desdichas - y así, quizá, veréis
que por más que lo intentéis, - mi mal no tiene consuelo,
como tampoco remedio". - Los dos hombres asintieron
y Cardenio comenzó - el relato de su cuento
sin parar ninguna vez, - y cuando llegó el momento
en el que paró Cardenio - por culpa del caballero
Don Quijote de la Mancha, - pudo seguir esta vez...
"Luscinda me dio una carta, - dijo el cuitado Cardenio,
en la que me animaba - a pedirla por mujer,
pero al saber yo que - mi padre quería ver
lo que hacía el gran Duque - conmigo, me acobardé
de allegarme hacia él - y me callé por prudencia,
y con mi padre no hablé. - A Fernando le conté
lo que me estaba ocurriendo - y entonces me dijo él
que hablaría con mi padre - y que luego haría que éste
le hablara al de Luscinda, - aunque lo que hizo, el muy cruel,
fue lo más indeseable. - Parecióle mi presencia
de un gran inconveniente - y pidióme que me fuera
junto a su hermano mayor - para el cobro de un dinero,
y mientras, el muy traidor, - aprovechó mi ausencia
para contarle al padre - de Luscinda el deseo
que tenía de casarse - con su hija a toda priesa.
El padre al oler dinero - estuvo con él de acuerdo
y yo me enteré de todo - por una carta de ella
en la que me escribió: - "Sabed, amado Cardenio,
que Fernando ha hablado - a mi padre en su provecho
y me ha pedido por esposa, - y como mi padre cree
que Fernando le aventaja - a usted le va a ofrecer
mi mano al hijo del Duque. - Así que, amado Cardenio,
venid pronto que en dos días - está previsto el festejo
y quiero que vuestros ojos - vean lo que voy a hacer".
Tras leer aquella carta - emprendí enseguida el vuelo
y, cual si tuviera alas, - me planté en un momento
al lado de mi amada; - nos hablamos en secreto
y la encontré extraña, pero - ¿quién en el mundo se puede
alabar que ha penetrado - y sabido el perplejo
pensamiento y condición - mudable de una mujer?
Nadie en el mundo, seguro. - Luscinda, me dijo al verme:
"Ya estoy vestida de novia - pero, en serio, no te apenes,
sino que procura hallarte - en esta boda presente
para que así puedas ver - lo que en ella voy a hacer
con una daga que llevo". - Después de hablar aquesto,
se marchó a toda priesa - y yo a la sala entré
y, sin ser visto de nadie, - me escondí en un hueco
que hacía una ventana, - para así poder ver
por entre el par de tapices - que cubrían la cristalera,
todo lo que allí ocurrió. - Y lo que ocurrió fue que
el desposado llegó - y luego, con dos doncellas, 
entró Luscinda y su madre. - ¿Luscinda, queréis usted
a Fernando por esposo, - como lo manda la iglesia?, 
preguntóle a ésta el cura, - y ella le dio por respuesta
un "sí, quiero", que al instante - sentenció mi propia muerte,
sin ver en Luscinda gesto - de salir en mi defensa
ni de sacar una daga, - como me hizo creer.
Luego respondió Fernando - al cura, también: "sí, quiero"
y, tras darse los anillos, - cayó desmayada ella
en los brazos de su madre. - Mientras yo ardía de celos
y de gran ira, su madre, - desabrochábale el pecho
para que le diese el aire - y, entonces, descubrió en él
un papel que iba cerrado, - que se lo dio a leer
al esposo de su hija. - Este lo leyó y luego
quedóse muy pensativo - y yo al ver a la gente
que andaba alborotada, - a salir me aventuré,
decidiendo ejecutar - en mi persona la pena
que ellos dos merecían. - Salí de la casa aquella
sin osar volver el rostro - y, cuando ya estuve lejos
y me vi en el campo solo, - les lancé mil vituperios
a Luscinda y a Fernando. - Luego deduje que ella
actuó de tal manera - porque más pudo en ella
el deseo de grandeza - que el amor verdadero,
y así, pensando, anduve - hasta dar con esta Sierra,
en la que me adentré - para morirme en ella.
Y desde entonces espero - a que ponga fin el cielo
a mi vida o que ponga - a mi memoria amnesia,
para así olvidarlo todo - y nada quede en mi mente,
que yo no tengo valor - ni la fuerza suficiente
para quitarme la vida - ni para olvidarla a ella",
díjoles al fin Cardenio - al tiempo que, con gran pena,
les llegó de algún rincón - una voz muy lastimera...

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