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domingo, 15 de noviembre de 2015

Carta 29 a Quijote

15 - Noviembre - 2015
Estimado Quijote:
¡Qué fuerte! ¡qué fuerte! ¡qué fuerte!, no te lo vas a creer ¿sabes de qué me he enterado?, de lo que ponía en el papel que encontró la madre de Luscinda sobre el pecho de la muchacha, cuando ésta se desmayó tras haberse casado con Fernando. ¿Y qué ponía?, te preguntarás, pues Luscinda le confesaba a Fernando que no podía ser su esposa porque ya lo era de Cardenio. ¿Que quién me ha contado ese bombazo?, siéntate, querido Quijote, para que no te caigas de culo al saberlo: se lo escuché decir a la misma Dorotea.

Deja que me remangue antes de contarte quien es Dorotea porque eso es todo un culebrón. ¿Te acuerdas que Fernando te habló de una guapa labradora a la que le prometió ser su esposo, para así poder cepillársela? ¿y que tras pasársela por la piedra luego quiso ir contigo a casa de tu padre, bajo el pretexto de olvidar así su hermosura? Pues esa guapa labradora es Dorotea ¡ah!, y todavía hay algo más que te falta por saber: Cardenio está al corriente de todo esto, pues estaba casualmente allí cuando Dorotea lo contó.


El escuchar o el ver algo en un determinado momento nos puede cambiar la vida, por eso hay que andar siempre con los oídos y los ojos bien abiertos. Pues gracias a lo que escuchó Cardenio seguro que ya se le han pasado las ganas de morir y estará ahora con unas ganas locas de vivir que ni te cuento. Y el escuchar o ver algo en un determinado momento te puede incluso llegar a salvar la vida, como le ocurrió a Marcial Mayans, que no sólo salvó su vida, sino la de muchísimas personas más.

El catalán Marcial Mayans Costa  -que contaba entonces 25 años-  estaba preso en Ebensee, un campo de concentración nazi. Estaba allí por culpa de Franco, que dio permiso a Hitler de hacer con los republicanos españoles lo que le viniera en gana. En Ebensee, los nazis le pusieron a trabajar en la perforación de los túneles que estaban destinados a albergar las fábricas de armamento, pero gracias a sus conocimientos de alemán, francés, italiano y ruso, Marcial consiguió un puesto de traductor.


La noche anterior a la liberación del campo  -que fue el 6 de mayo de 1945-  Marcial y otros compañeros traductores se enteraron de que el comandante de Ebensee: Anton Ganz, quería meterles a todos en el túnel de la mina y hacerlo explotar con dinamita. Y para evitar ese trágico final lo que hicieron los traductores fue lo siguiente: cuando el comandante dio la orden de ir hacia al túnel,  ellos les dijeron  a todos los deportados que estaban allí formando que el comandante les ordenaba ir rápidamente hacia los barracones.

En ese momento los SS podían haberles ametrallado a todos, pero como sabían que los americanos estaban al llegar, en ese desconcierto lo que hicieron fue huir por la misma puerta del campo. Ebensee sería liberado 24 horas más tarde y fueron 18.000 personas las que se salvaron gracias a la arriesgada intervención de los traductores, esos héroes que en un momento dado escucharon una importante información que supieron aprovechar.

¿Sabes?, me emocionó  conocer esa impresionante historia, querido Quijote, y ese final feliz me hizo sonreír, pero también llorar, por las personas que quedaron allí sin poder ya nunca más abrazar a sus seres queridos, y por los que sobrevivieron, teniendo que cargar hasta el final de sus días con el peso de tanto dolor sufrido. Algunos de ellos se suicidarían y todos, absolutamente todos, arrastrarían para siempre graves e imborrables secuelas físicas y psicológicas.



A todos los que os quedasteis en aquel infierno y a los que sobrevisísteis a él, os mando, allí en donde estéis, un enooorme abrazo..., no os olvidaré. Y a tí, querido Quijote, te pido que, por favor, no vayas a luchar contra esos monstruos nazis que tienen el corazón de  hojalata, los puños de acero y la cabeza hueca. Ellos no piensan, sólo obedecen sistemáticamente a su maquiavélico mandamás, una cucaracha con dos patas  llamada: Hitler.

No vayas, por favor, mi caballero, ésta vez no, que no quiero perderte.

Un abrazo 

*Odette*

Cap.28

...aquella voz lastimera, - decía desta manera:
"¡Con mis quejas contaré - toda mi desgracia al cielo,
que no hay hombre humano - sobre la faz de la tierra
de quien se pueda esperar - en la indecisión consejo,
consuelo en las quejas - ni en los males, remedio!"
Y luego, tras escuchar - aquella voz lastimera,
todos los que allí estaban - anduvieron hacia ella.
Y ella era una mujer - de tan prístina belleza
y tanta delicadeza - que quedaron todos lelos,
al mismo instante de verla. - La bella moza, al verlos,
se asustó, se puso en pie, - y con cierta diligencia
hizo intención de huir, - pero el cura fue hacia ella
y le dijo: "Deteneos - y no tengáis ningún miedo,
que os queremos ayudar". - Y entonces la mujer
dijo, con sinceridad: - "Sé que no hallaréis remedio
para mejorar mis penas, - ni tampoco el consuelo
que las pueda entretener, - pero si queréis saber
el porqué llora mi alma - en mitad de aquesta sierra,
ahora mismo os lo diré, - como agradecimiento
a la buena voluntad - que habéis mostrado al verme",
y con cautela y voz clara - e, intentando detener
las lágrimas que venían - a sus ojos, dijo ella:
"En esta Andalucía - hay un gran duque que tiene
dos hijos: el heredero - y Fernando, el traicionero,
que es el hijo menor. - Mis padres, cristianos viejos,
labradores y vasallos - del padre del traicionero,
se preciaban de tenerme - a mi como su riqueza,
hasta que los arruiné.- Yo trabajaba con ellos
y luego tocaba el harpa - como entretenimiento
para recrear el ánima, - hasta que un día me vieron
unos ojos que creí - que eran de amor sincero,
pero que en realidad - eran de ocio y deseo",
contábales la mujer, - al tiempo que Cardenio
comenzaba a trasudar, - quedándose mudo y quedo.
"Esos ojos que me vieron", - prosiguió diciendo ella,
"me prometiron que estaban - de mis amores tan presos
que lo dieron a entender - sobornando a las gentes
de mi calle y a parientes, - ofreciéndoles mercedes,
dádivas y días de fiesta. - Y, aunque me daba contento
el sentirme estimada - por tan noble caballero,
que por feas que seamos - las mujeres me parece
a mí que siempre nos da - gusto el escuchar que
nos digan que somos bellas, - a mis padres escuché
y me endurecí con él. - Uno y otro me advirtieron
que considerase bien - la distancia que había entre
los dos, en donde veían, - aunque él no lo dijese,
su egoísta pensamiento, - que más que a mi provecho
se encaminaba a su gusto. - El pensó que eran desdenes
todos los recatos míos - y, al ver que me iba a perder,
se avivó más su lascivo - apetito y deseo
e hizo lo que oiréis: - estando yo en mi aposento
me hallé a Fernando delante - queriéndome enternecer
entre suspiros y lágrimas, - y tuve tan mala suerte
que, pobrecilla de mi, - me creí a aquel embustero
cuando me prometió ser - mi esposo para siempre,
y a sus brazos me rendí. - Atrás quedó el ser doncella
y él acabó de ser - un traidor, que tras hacer
lo que se había propuesto, - a toda prisa se fue
mientras que yo le pedía - que volviera pronto a verme,
cosa que nunca ocurrió. - Se me acabó la paciencia
de guardarme para mí - lo que oculté en silencio
cuando supe que Fernando - ya no iba a volver
porque se había casado - con una bella doncella,
que se llamaba Luscinda", - dijo triste, Dorotea,
que era como se llamaba - la afligida mujer.
Y, al tiempo que Cardenio - enarcaba sus dos cejas
y comenzaba a llorar - al oír el nombre aquél,
Dorotea, fue diciendo: - "de cólera me llené
al conocer su traición, - pero luego me calmé
y fue entonces cuando hice - lo que ahora os contaré...
...me vestí cual un zagal - y, en un cojín de lienzo,
escondí joyas, dineros - y un vestido de mujer
y caminé y caminé, - hasta que al fin llegué
a la ciudad, en dos días. - Estando allí pregunté
por la casa de Luscinda - y a quien se lo pregunté
me contó que se sabía - que, tras el desmayo aquél, 
que a Luscinda le dio - después de dar el "sí, quiero",
algo grande aconteció, - y lo que ocurrió fue que
en el papel que encontró - su madre sobre su pecho,
y que Fernando leyó, - ella confesaba que
no podía ser su esposa - porque lo era de Cardenio.
Las razones del papel - dieron a entender que
el mareo la salvó - de la intención que ella
tenía de coger la daga - para así darse muerte,
y Fernando, indignado, - con la daga fue hacia ella
y, sintiéndose burlado, - intentó él darle muerte,
pero no lo consiguió. - Se dice de la mujer
que huyó de la ciudad - y nadie la ha vuelto a ver,
y, estando en estas razones - y sin saber lo que hacer",
dijo entonces Dorotea, - "escuché a un pregonero
que hablaba de recompensa - para aquél que me viera.
Fue por eso que marché - y vine hasta aquesta sierra,
para huir de mi padre - y también de todo aquél
que de su parte me andaban - buscando, y aquí ya llevo
escondida varios meses - pidiendo  el favor al cielo
de que éste me permita - salir deste sufrimiento
o para que ponga fin - a mi vida y a mi pena",
díjoles para acabar - la infeliz Dorotea.

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