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viernes, 22 de enero de 2016

Carta 32 a Quijote

23 - Enero - 2016
Estimado Quijote:
Según tu escudero, Dulcinea no estaba ensartando perlas cuando la vio,  como tú creías, sino que estaba en el corral cribando semillas de trigo. Y tampoco olía a rosas, sino a algo hombruno. De eso y de otras cosas andabais hablando cuando visteis venir, muy triste, al mozo Andrés, ese muchacho al que salvaste de morir azotado por su dueño. Bueno, eso es lo que tú creíste, pues según él "gracias a vuestra merced todo aconteció al revés" y al tú marcharte su dueño lo volvió a atar a la encina, y siguió azotándolo de nuevo. No murió, pero poco le faltó.

¿Sábes?, quien sí murió en manos de su agresor en 1997, aquí en España, fue Ana Orantes. Esta mujer pasará a la historia de nuestro país porque en una época en la que en España se silenciaban los maltratos a la mujer -por parte del marido o de la pareja- por considerarse algo normal en la intimidad de la familia, ella se atrevió a alzar la voz. Lo hizo en un programa de televisión y denunció , "a vox populi", a su marido, por maltratarla brutalmente durante 40 años.


La presentadora del programa y el público escuchaban, inquietos, a Ana Orantes que, vestida muy elegante, bien peinada, con una gran dignidad, sin lágrimas en los ojos, pero con la mirada triste, decía, muy seria: "Yo no podía respirar, yo no podía hablar, porque yo no sabía hablar, porque yo era una analfabeta, porque yo era un bulto, porque yo no valía un duro. Así ha sido 40 años. Yo lo creía, lo creía, lo creía, porque yo tenía 11 hijos, no tenía donde irme. Tenía que aguantar que me diera paliza sobre paliza, yo le tenía miedo, horror."

Su hija Raquel lloraba sentada entre el público y estoy segura de que todos, en silencio, también lloraron con ella, pero tras aquél duro testimonio de Ana nadie la protegió, nadie vigiló a su agressor -del que ya se había divorciado pero con el que compartía todavía vivienda y ¿qué ocurrió? 13 días después de haber salido Ana en televisión su ex marido la roció con gasolina, y la quemó.


La muerte de Ana Orantes supuso un antes y un después: hubo protestas, movilizaciones y denuncias, y su asesinato provocó una revolución legislativa que comenzó con la reforma del código penal y culminó con la aprobación por unanimidad, en diciembre de 2004, de la ley integral contra la violencia de género.

Está muy bien que la ley se modificara, por supuesto, pero es una pena, mi caballero, que se tomen medidas cuando el mal ya está hecho y no antes, pues Ana Orantes no debería de haber muerto ¡No!

Un abrazo

*Odette*

Cap. 31

"Cuando llegaste, ¿qué hacía - mi señora Dulcinea?
seguro que mi princesa - estaba ensartando perlas",
díjole Quijote a Sancho. - "Pues no estaba ensartando perlas
su  reina de la hermosura, - sino que ahechaba hanegas
de trigo en el corral", - respondióle el escudero.
"Pues haz cuenta, amigo Sancho, - que el grano del trigo aquél
eran los granos de perlas - tocados de Dulcinea,
y ahora dime, compañero, - ¿llenó la carta de besos
cuando tú se la entregaste? - ¿de qué te habló al verte?
¿qué te preguntó de mí? - ¿qué le dijiste tú a ella?".
"Ella no me preguntó", - respondióle el escudero,
mas yo le conté a ella - lo que hacía vuestra merced
en esta Sierra Morena". - "Y ¿olía Dulcinea
a fragancia aromática - y a un no sé qué de bueno?",
preguntóle Don Quijote. - "Lo que sé decir es que 
sentí un olor algo hombruno", - respondióle el escudero.
"Esto es, amigo Sancho, - que en vez de olerla a ella
te olíste a tí mismo, - porque yo sé a lo que huele
aquella rosa entre espinas", - dijo Quijote y, después,
preguntó de nuevo a Sancho - lo que hizo Dulcinea
cuando la carta leyó. - "Es que no sabe leer
ni tampoco escribir - y por eso, Dulcinea,
confió en lo que yo dije - y dijo que le dijera
que le besaba las manos - y que deseaba verle;
y que así, le suplicaba - y mandaba que saliese
de aquestos matorrales - y que se pusiese, luego,
en camino del Toboso". - "¿Y qué te dio Dulcinea
al despedirse de tí - como joya por las nuevas
que de mí tú le llevaste?", - preguntóle al escudero
Don Quijote de la Mancha. - "Dulcinea me dio queso
y un pedazo de pan, - y aún, si quiere más señas,
era el queso, ovejuno", - respondióle el escudero.
"Dulcinea es liberal - y si te dio sólo queso
y un pedazo de pan - sin duda debió de ser
porque no tendría a mano - las joyas que ella posee.
Y ahora, dime, Sancho - ¿Qué crees tú que debo hacer?
me muero por ir a verla - pero, como caballero,
sé que debo de cumplir - con mi palabra primero
y con mi gusto, después. - Voy a caminar apriesa
para llegar presto donde - se encuentre el gigante aquél;
le cortaré la cabeza - y pondré a la princesa
pacíficamente en su Estado, - y al punto daré la vuelta
e iré hacia Toboso". - "Escuche vuesa merced,
cálle, por amor de Dios, - y cásese de una vez",
le aconsejó su escudero. - "Mira, Sancho, si el consejo
que me das de que me case - es porque sea luego rey
en matando al gigante, - y a ti te haga la merced
de darte lo prometido, - hagóte ahora saber
que sin casarme podré - también cumplir tu deseo;
porque lo que pediré, - antes de entrar en guerra,
será que si venzo en ella - me entregue parte del reino
para que lo pueda dar - a aquél a quien yo quisiere".
"De acuerdo", repuso Sancho. - Y estando en todo esto
vieron venir hacia ellos - a un triste jovenzuelo
que arremetió a Don Quijote - y abrazóle, diciendo:
"Por favor, míreme bien; - que yo soy el mozo Andrés
que quitó vuestra merced - de la encina en la que
mi amo me había atado. - ¿No me reconoce usted?"
Reconocióle Quijote - y después, a los presentes
les contó que un servidor - fue el  que salvó a Andrés
de no morir azotado - por su amo descortés.
"Yo le hice desatar - ¿no es verdad, querido Andrés?,
no te turbes y responde - a toda aquesta gente
lo que yo hice por tí, - que así ellos podrán ver
el porqué es tan importante - que existan en la tierra
los caballeros andantes." - "Gracias a vuestra merced,
respondióle el jovenzuelo, - todo aconteció al revés;
mi amo no me pagó, - me ató a la encina otra vez
y me azotó de nuevo, - hasta que al fin quedé
desollado y medio muerto, - como un San Bartolomé.
Y ahora, caballero, - dígole que si otra vez
me encontrare no me ayude, - que si me ayudara usted,
saldría aún más mal parado -de lo que pueda creer.
Por eso Dios le maldiga", - díjole a Quijote, Andrés,
al tiempo que se alejaba - de él, a todo correr.



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