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viernes, 25 de marzo de 2016

Carta 36 a Quijote

25 - Marzo - 2016
Estimado Quijote:
El triángulo amoroso entre Lotario, Anselmo y Camila acabó como el rosario de la aurora. Verás...
Leonela  -la doncella de Camila y la única persona que estaba al corriente del romance entre su señora y Lotario-  estuvo a punto de contárselo a Anselmo. Camila, en cuanto se enteró de ello se asustó tanto que huyó a casa de Lotario, y éste la llevó a un monasterio mientras que él se fue de la ciudad. Y Anselmo, cuando vio que los tres habían desaparecido se fue hacia la ciudad, en donde se enteró de toda la verdad y de que era Leonela quien la iba contando por ahí.

                              

Entonces, Anselmo, con la intención de quitarse la vida, empezó a escribirle una carta a Camila, perdonándola y culpándose a él de todo, cuando de pronto y sin acabar la carta, falleció. Lotario también murió, en la guerra,  y le siguió Camila, que murió de pena al enterarse de la muerte de Lotario. Así que ya ves, querido Quijote, lo mal que acabó ese triángulo amoroso.

Aaayyy, mi soñador, que creyendo que estabas en el reino Micomicón luchando con el gigante, acuchillaste los cueros de vino que había en la habitación y dejaste todo el suelo perdido de vino. Entiendo que el ventero se enfadara contigo, yo también me habría enfadado, aunque eso no excusa que te golpeara. Nada excusa una agresión mas que la defensa propia.


¿Sábes? a mi nunca me han pegado, ni yo he pegado a nadie y en el pasado, cuando alguien me hacía daño de verdad  -en el corazón-, no me defendía, sino que me retiraba a llorar en silencio. Eso es lo que hice cuando mi mejor amiga me rompió el corazón. Te cuento...
Yo iba a un colegio de monjas  -de pago-,  en el que muchas de las niñas que estudiaban allí eran niñas pijas  -como la falsa amiga a la que me refiero-, de esas que te miran por encima del hombro ¿sábes? aunque yo no me di cuenta de ello hasta que ocurrió lo que ocurrió. Y lo que ocurrió fue que tras haber estado ella en mi casa, luego fue diciendo por toda la clase que yo vivía en una cueva y que mi abuela era una bruja.


Mi casa no era como su pisazo con parquet, vale, pero tampoco era una cueva y mi abuela no era tan sofisticada como la suya, era  una mujer sencilla -la típica abuela de pueblo con sus alpargatas y su largo pelo blanco recogido en un moño-, pero para nada era una bruja. Mi abuela Amélia -de quien ya te hablé en la carta 28-  fue una de las mujeres más bonitas y más valientes que he conocido, y eso es lo que tenía que haberle dicho a esa estúpida arrogante, en lugar de haberme quedado callada. Pero ¿sábes?, ahora ya no me callo nada, tan sólo enmudezco en las ocasiones en las que quiero evitar discusiones innecesarias con personas necias, pues como dijo Kant, el gran filosofo alemán: "Nunca discutas con un idiota, pues te bajará a su nivel y allí te ganará por experiencia".

En fin, mi caballero, recupérate pronto del palizón que te han dado. Ánimos

Un abrazo

*Odette*

Cap. 35

...antes de acabar la historia - del "Curioso impertinente",
el cura calló al oír - las voces del escudero,
Sancho Panza, que gritaba: - "Acudid, señores, presto,
y auxiliad a mi señor, - que anda aquí envuelto
en reñida y gran batalla, - y le ha tajado la cabeza
al gigante enemigo - de la señora princesa
del reino Micomicón...; - sin duda, el gigante ha muerto,
que he visto correr la sangre - por el suelo y la cabeza
cortada y caía a un lado, - así que no es menester
que os acerquéis ya corriendo". - Fueron hacia el aposento
todos los que allí estaban - y lo que vieron fue esto:
a Don Quijote en camisa - luciendo sus largas piernas,
sucias, flacas y con vello; - tenía en la cabeza
un bonetillo grasiento - y en el brazo izquierdo
una manta bien revuelta, - llevando, en el derecho,
la espada desenvainada, - con la que cortaba el viento,
como dando cuchilladas - cual si realmente estuviera
peleando de verdad, - aunque la realidad era
que Don Quijote, durmiendo, - soñó que estaba en el reino
Micomicón peleando - ante aquél gigante cruel
que le quería usurpar - a la hermosa princesa,
Micomicona, su reino. - Cuando entró el ventero
en el aposento y vio - derramado por los suelos
el vino que había en los cueros, - golpeó al caballero
hasta que el cura juró - satisfacerle la pérdida
por sus cueros horadados. - Y al tiempo que el ventero
comenzaba a sosegarse, - empezaba el escudero
poco a poco a inquietarse, - pues al no hallar la cabeza
del gigante imaginó - que se iba a deshacer
su condado prometido. - Desesperaba el ventero
escuchando al escudero - que estaba peor él
que don Quijote durmiendo, - el cuál dijo, ya despierto:
"Princesa Micomicona, - ya puede vuestra grandeza
desde hoy vivir tranquila, - que al gigante he dado muerte".
Y después de hablar aquesto - lleváronse al caballero
a la cama y el cansancio - le hizo dormir otra vez.
Mientras Quijote dormía, - consolaba Dorotea
a Sancho Panza diciéndole - que aún sin hallar la cabeza
del gigante prometía - que, viéndose en su reino,
le daría el mejor - condado que en él hubiese.
Y al ver que se iban calmando, - el cura siguió, de nuevo,
leyéndoles la novela - del "Curioso impertinente",
que continuaba así: - "Una noche sintio Anselmo
pasos en el aposento - de Leonela y queriendo
saber quien allí estaba - entró a tiempo de ver
a un hombre que saltaba - por la ventana y corriendo
desapareció en la calle. - "Por favor, señor, sosiégate,
y no te alborotes tanto - que si quieres te diré
cosas de más importancia - de las que tú ni siquiera
pudieras imaginar", - dijo Leonela a Anselmo
cuando éste, enfurecido, - preguntóle a la doncella
quién era el tipo que huyó". - "¿Y qué cosas son aquestas?",
preguntóle entonces él. - "Mañana te las diré,
que ahora estoy alterada - y no puedo responder".
Y Anselmo, enojado,  - la encerró en su aposento
bajo llave y después - fue a explicarle a su mujer
lo ocurrido, diciéndole - lo que le contó Leonela.
Se turbó tanto Camila - y sintió en ella tal miedo
que aquella misma noche - cogió todo su dinero
y fue a casa de Lotario. - El la llevó a un monasterio
y después, sin darle parte - a nadie de su ausencia,
abandonó la ciudad. - Al amanecer, Anselmo,
fue en busca de Leonela, - pero al abrir la puerta
de su aposento vio - que no estaba la doncella
y cuando fue a decírselo - a su estimada mujer
vio que también ella había - escapádose de él.
Al ver los cofres abiertos, - sin joyas y sin dinero,
fue a contarle su desdicha - a Lotario, que también
había desaparecido - y sin saber lo que hacer,
el desdichado Anselmo - el juicio pensó perder.
Subióse a su caballo - y con desmayado aliento
se encaminó a Florencia - hasta que al anochecer 
un hombre que iba a caballo - y que se cruzó con él
le contó que en la ciudad - se decía algo sorprendente
acerca de dos amigos, - que eran: Lotario y Anselmo.
Se decía en la ciudad - que el amigo de Anselmo
se llevó a la mujer - de éste y que después
todos desaparecieron, - menos la criada de ella,
que fue quien contó la historia. - Después de escuchar aquello
Anselmo le preguntó - si él sabía dónde fueron
Lotario y la mujer: - "Ni por pienso", dijo él.
Y Anselmo, fatigado, - sin ya saber lo qué hacer,
tomó una pluma y - escribió así en un papel...
"Lo que me quitó la vida - fue un deseo impertinente,
y si le llega a Camila - la noticia de mi muerte,
sepa que yo la perdono, - puesto que no estaba ella
obligada a hacer milagros, - que fue mi necio deseo...",
y acabóse así la carta, - al acecharle la muerte.
Camila se quedó viuda - en el monasterio y luego,
cuando supo que Lotario - en la guerra había muerto,
la pena pudo con ella - y acabó su vida, en breve,
y éste fue el triste fin, - nacido de un mal comienzo.


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