Translate

jueves, 21 de abril de 2016

Carta 37 a Quijote

23 - Abril - 2016
Estimado Quijote:
Si la novela del "Curioso impertinente" acabó fatal, éste capítulo acaba bien, muy bien, aunque al principio no lo parecía, te cuento. Fernando y Luscinda llegaron a la venta en la que tú estabas durmiendo y allí se encontraron con Cardenio y con Dorotea. Te recuerdo que Fernando es el listo que le quitó a Cardenio  -aquel extraño tipo que malvivía en la sierra-  su prometida: Luscinda. Y que Dorotea es la labradora a quien Fernando se cepilló tras haberle prometido que se casaría con ella.

Cardenio, al ver a Luscinda, quiso ir con su amor enseguida, pero Fernando se opuso a ello sujetándola fuertemente. Y entonces, Dorotea, le pidió a Fernando que cumpliera la promesa que le había hecho de ser su esposo. Al principio Fernando se negó, pero finalmente acabó cediendo y cada oveja volvió con su pareja.


Esta es la parte bonita de la historia, pero también tengo que decirte, querido Quijote, algo que no te gustará, y es que la princesa Micomicona no lo es, sino que es Dorotea que se hizo pasar por ella. Y ¿por qué hizo tal cosa? te preguntarás, pues para sacarte así de aquella sierra antes de que pillaras una pulmonía u ocurriera algo peor. Aunque también tengo que decirte que el cerebro de tal operación no fue ella, sino que fue el cura. Sí, sí, tal como lo oyes, el cura, que se enteró de que estabas en aquella sierra por Sancho Panza.


Seguro que te has llevado por todo un gran chasco y lo entiendo, pero fíjate en lo positivo, querido Quijote, que es que te ahorrarás el tener que luchar contra ese temible gigante. Y por lo que hace al tema de que te engañaran te diré lo que alguien me dijo una vez a mi: "No te creas nada de lo que te digan y de lo que veas, créete sólo la mitad".

P.D. Hoy, mi caballero, se cumplen 400 años de la muerte de tu creador: Miguel de Cervantes, y quiero regalarle este poema -que escribí hace años para él- y decirle que yo de mayor quiero ser como él.

                        A Miguel de Cervantes,

                   Porque a pesar de la vida repleta
                   de nubarrones que velaron tu estrella,
                   con valentía y con gran entereza,
                   al mundo entero, diste tu belleza.

                   Porque supiste hallar la fuente eterna
                   que alimenta al cielo y a la tierra;
                   porque nutriste de virtud tus letras
                   y de prudencia, ejemplares novelas.

                  Es tu esfuerzo y tu lucha sincera,
                  la esperanza y la paciencia inquieta
                  de aquel que sueña en abrazar su estrella.

                  Eres para aquél que a ti se acerca
                  amigo fiel del alma que desea
                  vivir y amar, por sobre de las penas.

                                                 Maite Lucas Serra



                      Hasta pronto, mi caballero.
                      Un abrazo,

                         *Odette*



Cap. 36

Tras acabar la novela - llegaron allí cuatro hombres
que montaban a caballo, - que iban bien armados todos
y llevaban antifaces. -  Con ellos, y en un sillón,
vino una mujer de blanco - con un embozo en el rostro
y luego, a pie, vinieron - también con ellos dos mozos.
Cuando los vio, Dorotea, - se fue a cubrir el rostro,
mientras que Cardenio fue - a esconderse de la tropa
dentro de aquel aposento - en el que dormía Quijote.
Los cuatro hombres se apearon - y a la mujer del sillón
la tomó uno de ellos - y a una silla la llevó.
Sentada ya la mujer - un largo suspiro dio
y cual si estuviera enferma, - los brazos tambaleó.
Dorotea sintió al verla - por ella gran compasión
y por eso preguntóle - el porqué de su dolor,
a lo que la pobre dama - callóse y no respondió.
"No os canséis en ofrecer - nada a aquesta señora
porque tiene por costumbre - no agradecer los favores
que se le puedan hacer - y no esperéis que os responda
si es que no queréis oír - sólo embustes de su boca",
dijo uno de aquellos - caballeros que escuchó
lo que Dorotea dijo - a la embozada señora.
"Jamás dije yo mentira - y esto es lo que os hace a vos
ser falso y mentiroso", - dijo a esta sazón
la lastimada mujer. - Y Cardenio que esto oyó
dijo, alzando la voz: - "¿Qué es esto que oigo, Dios?
¿qué es aquesta voz que oigo - que no es nueva a un sevidor?".
La mujer, sobresaltada,  - al reconocer la voz
de Cardenio, se alzó - y fue hacia la habitación
en la que éste se escondía, - pero el que la insultó
se interpuso en su camino - y con fuerza la paró,
cayéndole a la mujer - el tafetán de su rostro.
La asió tan fuertemente - el caballero que no
pudo sujetar su propio - antifaz, que le cayó.
Y entonces Dorotea  - reconoció aquel rostro,
que era el de Don Fernando, - su amado e ingrato esposo.
Desmayóse Dorotea - y el cura quitó su embozo
para echarle agua fresca - sobre su rostro y su esposo,
al verla, ya sin embozo, - como muerto se quedó
al reconocer su rostro. - Creyendo que era su esposa
la mujer desfallecida, - Cardenio se apresuró
a salir del aposento - y, cuando a Luscinda vio
abrazada por Fernando, - cual de piedra se quedó.
A Cardenio, Don Fernando, - también lo reconoció
y, entonces, uno a otro, - se fueron mirando todos
con sigilo y estupor... - Dorotea, a su esposo,
Don Fernando, a Cardenio; - Cardenio, a su gran amor
y éste, a su cardenio. - Fuéronse mirando todos
hasta que Luscinda dijo: - "Don Fernando, por favor,
dejadme llegar al muro - de quien yo su yedra soy
y notad como el cielo - pone a mi auténtico esposo
delante de mi, que bien - por experiencias costosas,
sabéis que sólo la muerte - puede conseguir que yo
lo borre de mi memoria", - pero él ni respondió
ni a Luscinda soltó - y por eso se hincó
de rodillas, Dorotea, - a los pies de él y habló:
"Por tu gusto yo fui tuya - y aunque no quieras ahora
que lo sea, tú eres mío. -  Todos sabemos, señor,
que es más fácil y mejor - querer a quien te adora
que empeñarse en ser querido - por la mujer que te odia.
Y si es que tú te crees - que mi sangre no es noble,
sábete que en realidad - la esencia de lo noble
es la virtud que posee - todo honesto corazón".
Escuchóla Don Fernando - sin replicarle ni un mote,
al tiempo que ella lloraba; - y luego, al final, su esposo,
confundido y asustado, - a Luscinda liberó
de sus brazos y, mirando - a Dorotea, exclamó:
"¡Venciste, bella mujer, - porque no soy capaz yo
de negar tanta verdad!". - Y en esto aprovechó
Cardenio aquella ocasión - para estrechar a su esposa,
diciéndole que en sus brazos - tendría el firme reposo
que por ley se merecía, - Luscinda miró a su esposo,
le echó los brazos al cuello - y juntando bien su rostro
con el de él, añadió: - "Señor mío, vos sí sois
el dueño de esta captiva, - aunque la suerte se oponga
y amenacen a esta vida - sustentada en la de vos".
Y entretanto sentimiento - al final lloraron todos
de emoción, excepto Sancho, - que, aunque también lloró,
lo hizo por la decepción - que se llevó al ver que no
era Dorotea reina - del reino Micomicón.



No hay comentarios:

Publicar un comentario