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domingo, 15 de mayo de 2016

Carta 38 a Quijote


16 - Mayo - 2016
Estimado Quijote:
Te lo dije yo y también te lo dijo tu escudero: te están engañando. Dorotea no es princesa de ningún reino; todo eso es sólo una farsa ideada por el cura para llevarte de vuelta a tu pueblo, y allá tú si te empeñas en creerles, nosotros ya te hemos advertido.

Un día tú tomaste la decisión de ser caballero andante porque así lo sentiste en tu corazón, y a pesar de que no es un camino fácil  -pocos lo son-  ese es el que tú decidiste seguir, y los demás -les guste o no- deben de respetarlo. ¿Recuerdas ese momento? ¿el momento en el que despertó en tí esa vocación? Seguro que sí, ese momento no se olvida. ¿Sábes?, yo recuerdo perfectamente el momento en el que decidí ser escritora y también recuerdo, por supuesto, a la persona que despertó en mí esa vocación, que fue Quilo Martinez.  Quilo  -periodista y poeta chileno que estaba exiliado aquí en España- fue  mi tutor de clase cuando repetí curso (1ºBUP)  en otra escuela de Terrassa (L'Escola Pía) y fue también mi profesor de periodismo -asignatura optativa que decidí escoger aquél año para probar-.


Te aseguro, querido Quijote, que aquellas clases de periodismo fueron determinantes para mí, pues en ellas  -gracias a Quilo, que enseñaba con gran pasión y entusiasmo y no como un robot, como muchos profes-  se despertó en mi la pasión por la escritura. Yo venía de una escuela de monjas en la que había sido siempre un cero a la izquierda para mis profes  -y ellos para mi- y me emocionó ver cómo por primera vez un profesor me trataba con respeto, humildad, y con gran sabiduría. El me animó a escribir  para la revista de la escuela: ¿Qué escribo?, le dije yo, algo asustada. "Lo que quieras: una entrevista, un artículo de opinión, una poesía..., lo que te apetezca". Repasaba mil veces lo que había escrito antes de llevárselo a su despacho y me iba corriendo antes de que me pudiera decir: "Pero, Maite, qué tontería has escrito", cosa que nunca me dijo, por supuesto, sino todo lo contrario, que siempre me animó a seguir adelante.

No estudié periodismo como Quilo me sugirió porque odio estudiar, pero lo que sí sigo a rajatabla desde entonces es el consejo que me dio cuando gané  -aquél mismo curso-  mi primer certamen literario: "Escribe siempre para tí", me dijo; siempre agradeceré su sabio consejo y por supuesto el que hubiera confiado en mí.


No dejes que te aparten de tu ilusión de ser caballero andante, mi caballero, no lo permitas, por favor.


Un abrazo

*Odette*

                                                                     Cap.37

Los que estaban en la venta - mostrábanse todos contentos
salvo el afligido Sancho, - que le dijo, con tristeza,
a Quijote, ya despierto. - "Bien puede vuestra merced
dormir todo lo que quiera, - que ya no hay ni princesa
ni gigante que matar, - y hágole también saber
que la sangre que usted vio - al tajarle la cabeza
al gigante no era sangre, - sino que se inundó el suelo
del vino tinto que había - en el vientre de los cueros
que con su espada horadó". - Quijote, al oír aquello, 
díjole a su escudero: - "No me extraña nada deso
que me cuentas porque sabes - que está encantada ésta venta
y ahora, Sancho, acércate, - dame de vestir y deja
que salga allá afuera, - que quiero ver los sucesos
que tan apenado cuentas". - Mientras que el caballero
se vestía, el sacerdote, - contóles a los presentes
la locura de Quijote - y les explicó también
del artificio que habían - usado para poder
sacarle de aquella sierra - en la que, decía él,
imitaba a Amadís - llorándole a Dulcinea,
cual éste lloró a Oriana. - Todos quedaron de acuerdo
en seguir el artificio - de llevar al caballero
desde la venta a su pueblo - y, mientras hablaban deso,
de pronto apareció él - armado con sus pertrechos,
con el yelmo de Mambrino, - abollado, en la cabeza,
arrimado a su lanzón - y embrazado a su rodela.
Su rostro amarillo y seco - y su extraña presencia
suspendió a los presentes, - que escucharon bien atentos
lo que éste, con reposo, - díjole a Dorotea:
"Si vuestro ser se ha deshecho - de gran señora en doncella
por orden de vuestro padre, - temeroso que no os diese
la necesaria ayuda, - digo que no supo él
de la misa la mitad, - puesto que no hay en la tierra
ningún camino que yo - no pueda abrir por la fuerza
de mi espada, con la cual - mataré al gigante aquél
y luego os pondré a vos - la corona, que es por ley
del reino Micomicón". - Tras oír al caballero,
Sancho quiso intervenir - para decirle que aquello
no era cierto, pero entonces, - Fernando rogó silencio,
al tiempo que Dorotea - dijo: "Audaz caballero,
yo soy la misma de ayer - y el que os dijo que cambié
os mintió y ahora, señor, - tras quedar esto resuelto
esperemos a mañana - para ir hacia mi reino,
que hoy ya no hay nada que hacer". - Quijote, al oír aquello,
se volvió a Sancho y le dijo: - "Ahora te digo, Sanchuelo,
que eres un gran bellacuelo, - un mentiroso escudero
y el más grande mentecato". - "No se hable más de esto",
dijo al fin Don Fernando, - y entonces llegó a la venta
un pasajero cristiano - recién venido de tierra
de moros con un jumento - en el que iba una mujer
vestida a la morisca, - de la cabeza a los pies.
Este apeó a la mujer - y después pidió aposento
al ventero pero él - no se lo pudo ofrecer
al no tener ni uno libre. - Al oírlo, Dorotea,
acercóse a la mujer - y le ofreció su aposento,
a lo que ella, sin hablar, - sus manos cruzó en el pecho
e, inclinando la cabeza, - dobló el cuerpo como gesto
de su agradecimiento. - "Señora, ésta doncella,
entiende poco mi lengua - y no puede agradecer,
en cristiano, su merced, - pero por mi y por ella,
se la agradezco yo mesmo", - dijo el hombre a Dorotea,
la cual preguntó al cautivo - si era mora la mujer.
"Aunque su apariencia es mora - su alma cristiana es
por el gran deseo que ella - tiene de llegarlo a ser".
Y estando en esto llegó - el ventero con la cena
y comieron todos mientras - Quijote habló a los presentes:
"Quítenseme de delante - esos que dijeron que
las letras hacen ventaja - a las armas, que diré
que no saben lo que dicen. - Ellos aseguran que
los trabajos del espíritu - exceden a los del cuerpo
y creen que en las armas - sólo se ejercita el cuerpo,
pero ignoran que el guerrero - requiere de entendimiento.
Hay espíritu en las letras - y también en el guerrero,
pero el que trabaja más - con su espíritu es aquél
que tiene más noble fin. - El fin de las letras es
entender y hacer que - se guarden las buenas leyes,
dando a cada uno lo suyo, - fin que hay que decir que es
digno de grande alabanza, - pero el fin del guerrero
es más digno de alabanza, - porque tiene por objeto
y finalidad la paz, - que es el más grande bien
que se puede desear. - Y ahora les hablaré
de los trabajos del cuerpo - en las armas y en las letras.
El trabajo principal - de los estudiantes es
la pobreza, y como el pobre, - jamás tiene cosa buena,
la padece por sus partes - y se alimenta de aquello
que les sobra a los ricos. - Van tropezando y cayendo
por ese áspero camino - hasta que un día llegan
al grado que han deseado, - y entonces, de repente,
como llevados en vuelo - de la favorable suerte,
los vemos luego mandar - desde una silla, la tierra,
trocando su hambre en hartura, - su frío en refrigerio,
en galas, su desnudez - y su dormir, en estera,
en holandas y damascos, - como merecido premio
de su virtud, pero éste - trabajo, al del guerrero
se queda contrapuesto, - como ahora os contaré...

2 comentarios:

  1. Gracias Maite. Yo también tengo muy buenos recuerdos tuyos de cuando fui tu profesor. Un beso y un abrazo bien grande. Y a seguir , que vale la pena !!!

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  2. Gracias, Quilo. Ojalá que todos los niños y las niñas del mundo tengan la suerte de tener un profesor como tú. Siempre te llevaré en mi corazón. Un fuerte abrazo.

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