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jueves, 15 de junio de 2017

Carta 44 a Quijote

15 - Junio - 2017
Estimado Quijote:
Los versos que cantaba el poeta que escuchó Dorotea eran tristes, y lo eran porque no podía estar con su amada Clara -eso se lo contó ella misma cuando Dorotea la despertó-. Le contó que ellos dos estaban enamorados pero que como su padre  -el oidor- no aprobaba aquella relación  -una relación un tanto extraña porque nunca se hablaron, tan sólo intercambiaron miradas y señas a través de sus respectivas ventanas, pues eran vecinos-, él la seguía a pie  -siempre disfrazado, para que el oidor no le descubriera- allá hacia donde ella iba, y le cantaba.

Mientras las dos muchachas conversaban, la hija de la ventera y Maritornes te hicieron una gran putada, querido Quijote. Bueno, te la hizo la hija de la ventera, aunque la otra lo consintió, así que viene a ser lo mismo. Y no digas que es obra de un encantamiento lo que ocurrió ¡qué puñetas! se burlaron de ti.

Lo que te ocurrió fue que después de alargar bien el brazo para poder meter la mano por el agujero que daba al pajar -en donde estaban las dos-, tal como te pidió la estúpida esa, te ató fuertemente la mano con una cuerda. Y cuando Rocinante  -sobre el que estabas de pie, intentando no perder el equilibrio para no caer- se movió, te quedaste colgado como un muñeco de trapo, sin poder tocar el suelo.


Ufff, no quiero ni pensar el dolor que te causó ese fuerte tirón, ni el quedarte ahí colgado, por Dios, ojalá pudiera venir corriendo a salvarte y a pegarles un par de tortas a esas dos idiotas, que es lo que se merecen. Y hablando de idiotas que se merecen un par de tortas, te contaré lo que me ha ocurrido precisamente hoy: me he quedado sin trabajo por culpa de un idiota que me engañó, te cuento:

Yo me gano la vida como teleoperadora haciendo telemárketing  -vendiendo por teléfono-, como ya te he contado en alguna ocasión. Es un trabajo que quema mucho, así que cuando hace un mes vi un anuncio en el que una editorial pedía  -a cambio de un sueldazo- una persona mayor de 40 años, que no fumara y que tuviera experiencia en tmk para concertar entrevistas, pensé: ese es mi trabajo.

Cuando llegué allí me hicieron una prueba telefónica -después de haber leído un argumentario de tres páginas sobre el corredor del mediterráneo- y luego le conté al idiota ese mi sueño de ser escritora, y me dijo: "Pues estás en el sitio indicado, aquí aprenderás muchísimo, concertarás visitas con personas muy cultas que yo entrevistaré: médicos, abogados, alcaldes... Y también editaré tu libro, ya verás..."


Qué bien, qué fácil, concertar entrevistas con personas cultas para que salgan en sus libros de biografías, de política..., y encima me va a editar mi libro, no me lo podía creer. Pero ese idiota en cuestión no me dijo que esas personas a las que tenía que llamar -haciendo puerta fría con la típica base de datos sacada de internet- para invitarles a entrevistarse con él, tenían que pagar cuatro mil euros -como mínimo- para salir en sus libros. 

Yo fui la única seleccionada para ese puesto de trabajo -la única ingenua a la que logró engañar- y si no me fui de allí en cuando supe de que iba aquello fue porque me había despedido del trabajo anterior y en aquél momento no tenía nada más. 

Esta misma mañana me ha dicho su hijo que no he superado el período de prueba porque no he concertado ninguna visita en un mes -aunque hay varias pendientes de alcaldías y de empresas que me he currado yo, y que se llevará él-, cuando me tenían que haber dado un premio por haber estado picando piedra durante tantos días seguidos.

En fin, que antes de irme no he podido darle un par de tortas a ese idiota que me engañó porque el muy cobarde se ha escondido, no le he visto el pelo.

Bueno, mi caballero, como dicen que no hay mal que por bien no venga, ahora me toca esperar a ver qué cosas buenas me trae la vida...

Un abrazo

*Odette*

                                                                Cap. 43

Le pareció a Dorotea - que no sería bien que
dejase Clara de oír - aquel entonar tan bello,
y así, la despertó. - A Clara, aún soñolienta,
cuando apenas hubo oído - alguno de aquellos versos,
le dio un temblor extraño - y, abrazando a Dorotea,
dijo la moza, llorando - "¡Ay, señora! ¿para qué
me habéis despertado si - lo mejor era tenerme
cerrados ojos y oídos - para no escuchar ni ver
a ese desdichado músico?" - Extrañada, Dorotea,
deseó saber la causa - del cantar de aquellos versos
en tono tan lastimero, - y al preguntárselo a ella,
ésta le respondió así: - "Este músico y poeta,
es natural de Aragón - y es hijo de un caballero,
el cual vivía frontero - a la casa en la que
vivimos mi padre y yo. - Un día el muchacho éste
me vio, se enamoró - y me lo dio a entender
desde las ventanas de - su casa con tantas señas
y con tan sinfín de lágrimas, - que mi corazón también
se enamoró de él. - Llegóse en esto el tiempo
de nuestra partida y no - pude despedirme de él,
pero al cabo de unos días, - cuando entramos a una venta,
allí de nuevo le vi, - disfrazado por no ser
descubierto de mi padre, - del cual se esconde siempre.
Iba vestido de mozo - de mulas y me alegré
de verle y, desde entonces, - por amor me sigue siempre
allá a donde yo voy, - y siempre me sigue a pie.
Todos los versos que canta - los saca de su cabeza,
que es mi amor un gran poeta, - y cada vez que le veo
o le escucho cantar tiemblo, - temerosa cada vez
de que mi padre le vea - y descubra el deseo
que nos une a los dos, - pues sin él vivir no sé,
a pesar de que jamás - he conversado con él.
Esto es, señora mía, - lo que os puedo contar deste
mozo que canta tan bien". - "Doña Clara, reposemos
lo que queda de la noche - y luego, al amanecer,
Dios dirá lo que hay que hacer", - díjole a ésta, Dorotea,
deseando hallar un buen - fin a éste principio honesto.
Sosegáronse con esto - y, mientras que en la venta
se guardaba un gran silencio, - la hija de la ventera
y Maritornes, se fueron - a hacer burla al caballero
Don Quijote que, montado - en su jaco, estaba haciendo
la guarda de la posada. - Había un agujero
en el pajar que salía - al campo y, las doncellas,
se colocaron allí, - desde donde le oyeron
hablar con voz regalada - a su amada Dulcinea:
"¡Oh, señora Dulcinea! - ¿qué fará ahora su merced?
dímelo tú, sol, que debes - de estar ensillando apriesa
tus caballos para así - madrugar y pronto ver
a mi amada señora. - Así, sol, cuando la veas
salúdala de mi parte, - pero, guárdate que al verla
no le des paz en el rostro, - que tendría entonces celos
de lo que a ella le des". - "Lléguese acá su merced
-díjole a Don Quijote - la hija de la ventera-,
y déjeme ver su mano - para desahogar la pena
de no poderle tener, - por ser vos de Dulcinea".
Y entonces, Don Quijote, - tras oír a la doncella,
se acercó al agujero - y, tras ponerse de pies
encima de Rocinante, - díjole a la mozuela:
"Tomad, señora, esa mano - que no ha tocado mujer,
ni aún la que tiene entera - posesión de aqueste cuerpo.
No os la doy para besarla, - sino para que miréis
la trabazón de sus músculos, - la complexión de sus nervios
y la anchura de sus venas, - que de aquí sacaréis
cómo debe ser la fuerza - de aqueste brazo que tiene
mano tan descomunal". - Y la hija de la ventera
dijo: "Pues ahora veremos - toda la fuerza que tiene
y, haciendo una lazada - corrediza al cabestro
del asno de Sancho Panza, - se la echó a la muñeca,
bajóse del agujero - y luego ató fuertemente
lo que quedaba al cerrojo - que estaba en la puerta
del pajar y, entre risas, - dejaron al caballero
asido de tal manera - que no pudo desprenderse
de tan apretado lazo. - Estaba el caballero
con grandísimo temor - y atención que si el jumento
se desviaba de allí - iba a quedarse él
colgado del brazo, que - no osaba ni hacer
el más leve movimiento. - Y, mientras que el caballero
se veía así atado - y se decía a sí mesmo
que aquello era encantamento, - acercáronse a la venta
cuatro hombres de a caballo. - Uno de aquellos jumentos
fue a oler a Rocinante, - que aguantaba sin moverse
a su estirado señor - y, Rocinante, que era
de carne y no de leño, - se tornó para oler
a quien le acarició - desviando así, al moverse,
los pies junto de Quijote, - que hubieran dado en el suelo
a no quedarse colgado - de la mano sin poder
alcanzar tocar la tierra, - con las plantas de los pies.


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