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viernes, 24 de noviembre de 2017

Carta 46 a Quijote

24 - Noviembre - 2017
Estimado Quijote:
Que si yelmo "sí", que si yelmo "no", esa es la cuestión. Para hacer burla de ello se apuntaron al yelmo "sí": un barbero que estaba también en la venta, el cura, Cardenio y Don Fernando. Y al yelmo "no" se apuntaron: el oidor, Don Luís y sus criados, que no entendían de qué iba todo aquello y ellos veían bacía y no yelmo. Mientras que el barbero burlado, y enfurruñado,  seguía en sus trece de que aquello era bacía.

Entró entonces a la venta un grupo de cuadrilleros y uno de ellos, al oír tal vocerío, sentenció que aquello era bacía, y punto. ¡Que no! ¡que no! gritaste tú enseguida, horrorizado, y ya ibas a arremeterle con la lanza cuando sus compañeros te pararon.


Total, que se lió allí la de San Quintín y todos entraron en acción y se sumaron al barullo: los ya mencionados anteriormente y, además, la ventera, su hija, Maritornes, Dorotea, Luscinda, Clara y Sancho Panza.

De repente viste la luz e intentaste poner paz, pero aquello había ido demasiado lejos y el ventero insistió  en castigarte por alborotarle siempre la venta. Estando en esto, un cuadrillero se acordó de pronto de que una de las órdenes de arresto que llevaban era para tí, por haber liberado a unos presos galeotes.

Parece que la cosa se complica, querido amigo, pues la ley es la ley y no hay caballero que se salve de ella, a no ser que el tal caballero sea un "aforado", es decir, un "privilegiado". De esos "privilegiados" -que no somos ni tú ni yo- tenemos unos cuantos por aquí y te aseguro que de caballeros no tienen nada. Son sólo tipejos que visten traje y corbata y suelen ocupar cargos "importantes".


En fin, mi caballero, rezaré por tí, para que salgas lo menos perjudicado posible de ésta. Animos y no decaigas.

Un abrazo

*Odette*


                                                                         Cap.45

"¿Qué les parece, señores, - (dijo entonces el barbero)
de lo que afirman Quijote - y su gracioso escudero?"
Y luego otro barbero - que estaba en la venta
quiso seguir con la burla - para que todos rieran
y aseguróle al barbero: - "Señor, sepa que también
yo soy deste mismo oficio - y digo que aquesta pieza
está tan lejos de ser - recipiente de barbero
como lo está el color blanco - de arribar a ser negro",
y lo mismo confirmaron - el sacerdote, Cardenio,
Don Fernando y los demás - que estaban allí en la venta;
todos menos el oidor - que, andando algo suspenso
con el negocio de Luís, - no vio bacías ni yelmos.
"¡Válgame Dios! ¿es posible - que toda aquesta gente
diga que aquesta bacía - es en realidad un yelmo?",
dijo el barbero burlado. - Todo eso, para aquellos
que sabían de la burla, - les daba esta materia
una grandísima risa, - pero para Luís y aquellos
que ignoraban la burla, - les parecía que aquello
era el mayor disparate - del mundo y dijo, luego,
un criado de Don Luís: - "Si no es esto una befa
pensada yo no me puedo - persuadir que tanta gente
de tan buen entendimiento - como son, o lo parecen,
todos los que aquí están, - digan que aquesto es un yelmo;
mas al ver que eso afirman, - me doy a entender que
no carece de misterio - el porfiar algo que
es contrario a lo que muestra -la verdad y la experiencia;
porque voto a tal que - no me den a mí a entender,
cuantos viven al revés, - que esta bacía es un yelmo".
Oyendo esto, un cuadrillero - que había entrado en la venta
y que oyó la pendencia, - dijo con ira y molesto:
"¡Debe de estar hecho uva - quien dijere que esto es yelmo!".
"¡Mentís como un bellaco!", - respondióle al cuadrillero
Don Quijote, levantando - el lanzón con el deseo
de descargar sobre él, - cosa que no llegó a hacer
gracias a la intervención - de los demás cuadrilleros
que, viendo que iba Quijote - a atacar al compañero
alzaron la voz pidiendo - ayuda, amparo y merced
a la Santa Hermandad. - El ventero, que también
era cuadrillero, entró - a por su varilla y luego
de coger su espada fue - junto a sus compañeros.
Los criados de Don Luís - rodearon bien a éste
para que no se les fuese - y en medio de aquel revuelo
Don Quijote arremetió - de nuevo al cuadrillero
y Luís gritó a sus criados - que le dejaran a él
y acorriesen a Quijote. - Daba voces la ventera,
el sacerdote gritaba - y la hija de la ventera
se afligía; Maritornes - lloraba y Dorotea,
quedó aturdida y confusa. - Luscinda estaba suspensa
y Clara, desvanecida. - A todo eso, el barbero
y Sancho se aporreaban, - mientras que, al mismo tiempo,
Don Luís le daba a un criado - una puñada que le
bañó los dientes en sangre. - El oidor fue a proteger
a Don Luís y el ventero - tornó a pedir que viniera
pronto la Santa Hermandad; - de modo que en la venta
todo era confusiones, - voces, coces, llantos, miedos,
sobresaltos, cuchilladas, - mojicones, gritos, penas
efusión de sangre y palos. - Y así prosiguió hasta que
Don Quijote se paró - y a todos ordenó que
se calmaran de una vez. - "¿No os dije yo que éste
castillo era encantado - y que seguro que deben
habitar en él demonios? - Mirad bien lo que sucede:
todos peleamos y - no logramos entendernos.
Venga, pues, pongámonos - en paz porque es de necios
que gente tan principal, - como yo y como ustedes,
se maten solo por causas - tan leves, ¿no les parece?
Sancho Panza obedeció, - como un criado bueno,
a la voz de su señor; - el grupo de cuadrilleros,
que no entendía a Quijote, - no se quiso quedar quedo;
el barbero se calmó - porque tenía deshechas
las barbas y los criados - de Don Luís también hicieron
caso a Quijote. El ventero, - iba el hombre insistiendo
en que había que castigar - las insolencias que aquel
loco que a cada paso - le alborotaba la venta,
y cuando pasó el revuelo, - los criados volvieron
a pedirle a Don Luís - que regresara con ellos.
Mientras Luís, con los criados - se avenía, el oidor fue
a consultar a Fernando, - al cura y a Cardenio
que es lo que debía hacer - para arreglar aquello,
y al final fue acordado - que Don Fernando dijera
a los criados de Luís - quien él era y cómo era
su gusto que Don Luís fuese - a Andalucía con él,
donde vivía su hermano, - con título de marqués.
Los criados decidieron - que volviesen tres de ellos
a contar lo que ocurría - al padre de Luís y que
el otro con él quedase - para servirle hasta que
ellos volviesen por él, - o si no que al menos viese
el muchacho lo que el padre - ordenaba para él.
El diablo no contento - de ver como todo aquello
se calmaba acordó - echar mano otra vez,
resucitando de nuevo - desazones y pendencias,
y así, un cuadrillero, - se acordó que un mandamiento
de los que traía para - prender a unos delincuentes
era para Don Quijote, - por haberles dado éste
libertad a unos presos - galeotes, y al tiempo
que el cuadrillero asía - a Quijote, dijo él:
"Venid acá, malnacidos. - ¡Gente infame, qué creéis
que alzar a los caídos - y dar libertad a presos
es de ser salteador - de caminos! ¿no sabéis,
gente soez e infame, - que solo una ley tenemos
los caballeros andantes, - que es su espada y no aqueste
mandamiento de prisión - que un ignorante paleto
ha firmado para mí - sin saber que por yo ser
un caballero andante - estoy esento de él?".


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