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viernes, 9 de febrero de 2018

Carta 50 a Quijote

09 - Febrero - 2018
Estimado Quijote:
Sancho Panza le pidió al cura que te dejara salir de la jaula para así poder limpiarla, y tras jurarle al cura que no te fugarías éste te dejó salir. El Canónigo de Toledo, al verte, te dijo que no entendía cómo puedes creerte, a pie juntillas, esos libros de caballería y sus necias hazañas, a lo que tú le respondiste que decir que no existió el gran Amadís es como decir que el sol no alumbra.

El sol alumbra, eso es evidente, igual que es evidente que existe todo aquello en lo que uno cree. Mira, yo creo que existe el amor verdadero, aunque es cierto que éste llega cuando menos te lo esperas, cuando no lo buscas. Hoy te contaré una preciosa historia de amor que me contó una buena amiga mía hace un tiempo. Ella, como yo, trabaja haciendo telemárketing y ella, como yo, ha oído cientos de voces bonitas, aterciopeladas y hasta seductoras. Pero no fue precisamente la voz más bonita, ni la más aterciopelada, ni la más seductora la que la enamoró, sino que fue la única voz que la hizo reír hasta llorar.


De eso hace ya casi dos años, pero ¿sábes? todavía, cuando me habla de él, veo como le brillan los ojos, como le tiemblan las piernas y como cientos de mariposas revolotean a su alrededor.  Yo no sé lo que ocurrirá entre ellos en un futuro, pues cada cual tiene su propia vida, pero lo que sí sé es que cuando se vean por primera vez -sólo se conocen por teléfono- se abrazarán, y se abrazarán de verdad.


En fin, mi caballero, que viva el amor, que es lo más bonito del mundo y tú sigue creyendo en tus libros de caballería y en tu Dulcinea, que es lo que le da sentido a tu vida y los demás que digan misa, y punto.

Un abrazo

*Odette*

Cap. 49

"Cuando veas coyuntura - de ponerme en libertad,
yo te obedeceré; - pero tú, Sancho, verás,
como te engañas en ver - que esos que nos acompañan
son el barbero y el cura", - dijo su amo, con templanza.
Entonces Sancho rogó - al cura que, por un rato,
permitiera que saliese - Don Quijote de la jaula,
para así poder limpiarla. - Y después de asegurarle
Don Quijote al sacerdote - que no se iba a fugar,
el cura lo liberó. - Una vez desenjaulado
se fue hacia Rocinante, - dio dos palmas a sus ancas
y le dijo: "Espero en Dios - y en su bendita madre,
flor y espejo de caballos, - que presto vamos a estar
como los dos deseamos: - yo sobre ti, ejercitando
mi oficio y tú llevando - encima de ti a tu amo".
Miraba a Don Quijote - el canónigo, admirado
de ver aquella locura - que le pareció algo extraña
pues cuando el hombre hablaba - y respondía, mostraba
tener buen entendimiento; - solamente cuando hablaba
de caballería, al pobre, - se le cruzaban los cables
y perdía los estribos. - Movido de la piedad
que despertó en su persona - Don Quijote de la Mancha,
el canónigo le dijo: - "¿Es posible, buen hidalgo,
que la ociosa lectura - de aquellos libros le haya
dañado tanto que ahora - crea usted que va encantado?
¿cómo es posible que haya - entendimiento humano
que se dé a entender - que hubiera tanto gigantes,
tan sinfín de Amadises, - tanta doncella andante,
tantos escuderos condes, - tanta sierpe, tanto endriago,
tantas mujeres valientes, - tantos graciosos enanos
y en fin, tantos disparates? - Si quiere libros de hazañas
y de caballeros, lea - otros que digan verdades,
que además de entretenerle, - de ellos aprenderá
que existieron de verdad - un Aníbal, de Cartago;
un César, que tuvo Roma; - un Gari Pérez, en Vargas;
un Alejandro, en Grecia; - un Viriato, en Lusitania
y un Cid, que tuvo Valencia". - Atentísimo estaba
Don Quijote escuchando - al canónigo y cuando
acabó de hablar le dijo: - "Paréceme, buen hidalgo,
que la plática de vuestra - merced se ha encaminado
a querer darme a entender - que no ha habido jamás
ningún caballero andante - y que estos libros son falsos,
mentirosos, dañadores - e improductivos para
la República, y que yo - hago mal en imitarles,
puesto que me han vuelto el juicio - y puéstome en una jaula.
Pues yo hallo, por mi cuenta, - que el loco y el encantado
es usted en querer dar - a entender que jamás
existió Amadis, que el - pretender eso es cual
querer persuadir que el sol - no alumbra ¿quién podrá
negar que no existieron - los doce Pares de Francia,
ni el rey Artús de Inglaterra, - ni aquello de Fierabrás
con el puente de Mantible - en tiempo de Carlo Magno?
en Roncesvalles está - el cuerno de Roldán,
tamaño como una grande - viga; de donde se saca
que hubo doce Pares y - Caballeros semejantes
destos que dicen las gentes - que a sus aventuras van
¿no es todo aquesto verdad?" - El canónigo, admirado
de oír aquella mezcla - de mentiras y verdades,
le respondió, asombrado: - "Señor, no puedo negar
que algo de lo que ha dicho, - como que hubo doce Pares
en Francia, no es verdad, - pero mi razón no alcanza
a comprender que un hombre - como vos, que sóis honrado
y de buen entendimiento, - crea tan disparatados
libros de caballerías, - y sus tan necias hazañas".

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